martes, 26 de julio de 2016

"MI MENSAJE", DE EVITA (1952)

"Los dirigentes del pueblo tienen que ser fanáticos del pueblo" 


por Evita




Hoy se cumplen 64 años desde el fallecimiento de Evita, Eva Duarte de Perón. En homenaje a la luchadora acérrima por los intereses del pueblo y de la clase trabajadora, en honor a la esclarecida enemiga de las oligarquías y del imperialismo, justo y necesario es publicar su último mensaje, que dictara mientras se encontraba postrada por la enfermedad que terminaría arrancándole la vida.

"Mi mensaje" permaneció muchos años inédito, hasta que en 1987, 35 años más tarde de su escritura, fue recuperado desde su ocultamiento. Estuvo en discusión si era o no auténtico, y hasta hubo un pleito judicial al respecto, que dejó fuera de toda duda que la obra fue creada por ella, dictada en el transcurso de la agonía por el progresivo agravamiento de su delicado estado de salud.

Es así que se puede afirmar que este texto constituye la expresión más representativa de su pensamiento, ya que fue volcado en las vísperas de su muerte y en el momento en que sus convicciones habían alcanzado su mayor elevación y madurez.


Introducción
En estos últimos tiempos, durante las horas de mi enfermedad, he pensado muchas veces en este mensaje de mi corazón. Quizás porque en "La Razón de mi Vida" no alcancé a decir todo lo que siento y lo que pienso, tengo que escribir otra vez. He dejado demasiadas entrelíneas que debo llenar; y esta vez no porque yo lo necesite. No. Mejor sería acaso para mí que callase, que no dijese ninguna de las cosas que voy a decir, que quedase para todos, como una palabra definitiva, todo lo que dije en el primero de mis libros, pero mi amor y mi dolor no se conforman con aquella mezcla desordenada de sentimientos y de pensamientos que dejé en las páginas de "La Razón de mi Vida". Quiero demasiado a los descamisados, a las mujeres, a los trabajadores de mi pueblo, y por extensión quiero demasiado a todos los pueblos del mundo, explotados y condenados a muerte por los imperialismos y los privilegiados de la tierra. Me duele demasiado el dolor de los pobres, de los humildes, el gran dolor de tanta humanidad sin sol y sin cielo como para que pueda callar. ¿Si todavía quedan sombras y nubes queriendo tapar el cielo y el sol de nuestra tierra, si todavía queda tanto dolor que mitigar y heridas que restañar, cómo será donde nadie ha visto la luz ni ha tomado en sus manos la bandera de los pueblos que marchan en silencio, ya sin lágrimas y sin suspiros, sangrando bajo la noche de la esclavitud?! ¿Y como será donde ya se ve la luz, pero demasiado lejos, y entonces la esperanza es un inmenso dolor que se rebela y que quema en la carne y el alma de los pueblos sedientos de libertad y justicia?! Para ellos, para mi pueblo y para todos los pueblos de la humanidad es "Mi Mensaje". Ya no quiero explicarles nada de mi vida ni de mis obras. No quiero recibir ya ningún elogio. Me tienen sin cuidado los odios y las alabanzas de los hombres que pertenecen a la raza de los explotadores. Quiero rebelar a los pueblos. Quiero incendiarlos con el fuego de mi corazón. Quiero decirles la verdad que una humilde mujer del pueblo -¡la primera mujer del pueblo que no se dejó deslumbrar por el poder ni por la gloria!- aprendió en el mundo de los que mandan y gobiernan a los pueblos de la humanidad. Quiero decirles la verdad que nunca fue dicha por nadie, porque nadie fue capaz de seguir la farsa como yo, para saber toda la verdad. Porque todos los que salieron del pueblo para recorrer mi camino no regresaron nunca. Se dejaron deslumbrar por la fantasía maravillosa de las alturas y se quedaron para gozar de la mentira. Yo me vestí también con todos los honores de la gloria, de la vanidad y del poder. Me dejé engalanar con las mejores joyas de la tierra. Todos los países del mundo me rindieron sus homenajes, de alguna manera. Todo lo que me quiso brindar el círculo de los hombres en que me toca vivir, como mujer de un presidente extraordinario, lo acepté sonriendo, "prestando mi cara" para guardar mi corazón. Sonriendo, en medio de la farsa, conocí la verdad de todas sus mentiras. Yo puedo decir ahora lo mucho que se miente, todo lo que se engaña y todo lo que se finge, porque conozco a los hombres en sus grandezas y en sus miserias. Muchas veces he tenido ante mis ojos, al mismo tiempo, como para compararlas frente a frente, la miseria de las grandezas y las grandezas de la miseria. Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle, por eso no me deslumbró jamás la grandeza del poder y pude ver sus miserias. Por eso nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus grandezas. Ahora conozco todas las verdades y todas las mentiras del mundo. Tengo que decirlas al pueblo de donde vine. Y tengo que decirlas a todos los pueblos engañados de la humanidad. A los trabajadores, a las mujeres, a los humildes descamisados de mi Patria y a todos los descamisados de la tierra y a la infinita raza de los pueblos! como un mensaje de mi corazón.


Mi mensaje

Tenía que volar con él
En "La Razón de mi Vida" dije con mis pobres palabras cómo un día maravilloso de mi existencia me encontré con Perón. El ya estaba en la lucha. Lo recuerdo como si lo viese, con la mirada llena de brillo, con la frente levantada, con su limpia sonrisa, con su palabra encendida por el fuego de su corazón. Vi desde el primer momento la sombra de sus enemigos, acechando como buitres desde la altura o como víboras pegajosas desde la tierra vencida. Vi a Perón demasiado solo, excesivamente confiado en el poder vencedor de sus ideales, creyendo en la primera palabra de todos los hombres como si fuese su propia palabra, limpia y generosa, sincera y honrada. No me atrajeron ni su figura ni los honores de su cargo y, menos, sus galones de militar. Desde el primer momento yo vi su corazón, y sobre el pedestal de su corazón, el mástil de sus ideales sosteniendo cerca del cielo la bandera de su Patria y de su Pueblo. Vi su inmensidad, una soledad como la de los cóndores, como la de las altas cumbres, como la soledad de las estrellas en la inmensidad del infinito. Y a pesar de mi pequeñez, decidí acompañarlo. Por seguirlo, por estar con él, hubiese sido y hubiese hecho cualquier cosa menos torcer la ruta de su destino. Fue cuando le dije un día: "estoy dispuesta a seguirlo, donde quiera que vaya". Poco a poco yo entré también en sus batallas. A veces porque me provocaron sus enemigos. Otras, porque me indignaron sus traiciones y sus mentiras. Había decidido seguirlo a Perón, pero no me resignaba a seguirlo de lejos, sabiéndolo rodeado de enemigos y ambiciosos que se disfrazaban con palabras amistosas. Y de amigos que no sentían ni el calor de la sombra de sus ideales. Yo quería estar con él los días y las noches de su vida, en la paz de sus descansos y en las batallas de su lucha. Ya sabia que él, como los cóndores, volaba alto y solo. ¡Y sin embargo yo tenía que volar con él! Confieso que no medí desde el principio toda la magnitud de mi decisión. Creí que podía ayudar a Perón con mi cariño de mujer; con la compañía de mi corazón enamorado de su persona y de su causa, pero nada más. Pensé que mi tarea, junto a su soledad, era llenarla con la alegría y con los entusiasmos de mi juventud.

Mi Coronel
Y así emprendimos el camino: alegres y felices en medio de la lucha. Un día me confesó que yo, su pequeña "giovinota" como solía llamarme, era la única compañía sincera y leal de su existencia. ¡Nunca como ese día me dolió tanto mi pequeñez! ¡Ese día decidí hacer lo posible para acompañarlo mejor! Recuerdo que le pedí que fuese mi maestro y él, en las treguas de su lucha, me enseñó un poco de todo cuanto pude aprender. Me gustaba leer a su lado. Empezamos por "Las vidas paralelas" de Plutarco y seguimos después con las "Cartas completas de Lord Chesterfield a su hijo Stanhope". En un tiempo me enseñó un poco de los idiomas que él sabia: inglés, italiano y francés. Sin que yo lo advirtiese, fui aprendiendo también a través de sus conversaciones la historia de Napoleón, de Alejandro y de todos los grandes de la historia. Y así fue que me enseñó también a ver de una manera distinta nuestra propia historia. Con él aprendí a leer en el panorama de las cuestiones políticas internas e internacionales. Muchas veces me hablaba de sus sueños y de sus esperanzas, de sus grandes ideales. Metida en un rincón de la vida de "mi Coronel", se me ocurre que yo era algo así como un ramo de flores en su casa... Nunca pretendí ser más que eso. Sin embargo, la lucha que se libraba en torno de Perón era demasiado dura, muy grandes sus enemigos, casi infinita su soledad y demasiado grande mi amor para que yo pudiese conformarme con ser nada más que un poco de alegría en su camino.

Las primeras sombras
La mayoría de los hombres que rodeaban entonces a Perón creyeron que yo no era más que una simple aventurera. Mediocres al fin, ellos no habían sabido sentir como yo quemando mi alma, el fuego de Perón, su grandeza y su bondad, sus sueños y sus ideales. Ellos creyeron que yo "calculaba" con Perón, porque medían mi vida con la vara pequeña de sus almas. Yo los conocí de cerca, uno por uno. Después, casi todos lo traicionaron a Perón, algunos en octubre de 1945, otros más tarde. Me di el gusto de insultarlos de frente, gritándoles en la cara la deslealtad y el deshonor con que procedían o combatiéndolos hasta probar la falsía de sus procedimientos y de sus intenciones. Yo me quedé sola junto a mi coronel hasta que se lo llevaron prisionero. Desde aquellos días desconfié de los amigos encumbrados y de los hombres de honor y me aferré ciegamente a los hombres y mujeres humildes de mi pueblo que sin tanto "honor", sin tantos títulos ni privilegios saben jugarse la vida por un hombre, por una causa, por un ideal. ¡O por un simple sentimiento del corazón! Aquellas primeras grandes desilusiones me hicieron ver con claridad el camino: Perón no podía creer en nada ni en nadie que no fuese su pueblo. Desde entonces se lo he dicho infinitas veces en todos los tonos de voz como para que nunca se le olvide, en medio de tantas palabras con que mienten su honor y lealtad los hombres que rodean por lo general a un presidente. Los pueblos de la tierra no sólo deben elegir al hombre que los conduzca: deben saber cuidarlo de los enemigos que tienen en las antesalas de todos los gobiernos. Yo cuidé por mi pueblo a Perón y los eché de sus antesalas, a veces con una sonrisa, y a veces también con las duras palabras de la verdad que dije de frente con toda la indignación de mi rebeldía.

Los enemigos del Pueblo
Los enemigos del pueblo fueron y siguen siendo los enemigos de Perón. Yo los he visto llegar hasta él con todas las formas de la maldad y de la mentira. Quiero denunciarlos definitivamente. Porque serán enemigos eternos de Perón y del pueblo aquí y en cualquier parte del mundo donde se levante la bandera de la justicia y la libertad. Nosotros los hemos vencido, pero ellos pertenecen a una raza que nunca morirá definitivamente. Todos llevamos en la sangre la semilla del egoísmo que nos puede hacer enemigos del pueblo y de su causa. Es necesario aplastarla donde quiera que brote si queremos que alguna vez el mundo alcance el mediodía brillante de los pueblos, si no queremos que vuelva a caer la noche sobre su victoria. A los enemigos de Perón yo los he conocido de cerca y de frente. Yo no me quedé jamás en la retaguardia de sus luchas. Estuve en la primera línea de combate; peleando los días cortos y las noches largas de mi afán, infinito como la sed de mi corazón, y cumplí dos tareas. ¡No sé cuál fue más digna de una vida pequeña como la mía, pero mi vida al fin! Una, pelear por los derechos de mi pueblo. La otra, cuidar las espaldas de Perón. En esa doble tarea, inmensa para mi, que no tenía más armas que mi corazón enardecido, conocí a los enemigos de Perón y de mi pueblo. Son los mismos. ¡Sí! ¡Nunca vi a nadie de nuestra raza y la raza de los pueblos peleando contra Perón! A los otros en cambio, si... A veces los he visto fríos e insensibles. Declaro con toda la fuerza de mi fanatismo que siempre me repugnaron. Les he sentido frío de sapos o de culebras. Lo único que los mueve es la envidia. No hay que tenerles miedo: la envidia de los sapos nunca pudo tapar el canto de los ruiseñores. Pero hay que apartarlos del camino. No pueden estar cerca del pueblo ni de los hombres que el pueblo elige para conducirlos. Y menos, pueden ser dirigentes del pueblo. Los dirigentes del pueblo tienen que ser fanáticos del pueblo. Si no, se marean en la altura y no regresan. Yo los he visto también con el mareo de las cumbres.

Los fanáticos
Solamente los fanáticos -que son idealistas y son sectarios- no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo. No pueden servirlo aunque quieran. Para servir al pueblo hay que estar dispuestos a todo, incluso a morir. Los fríos no mueren por una causa, sino de casualidad. Los fanáticos sí. Me gustan los fanáticos y todos los fanatismos de la historia. Me gustan los héroes y los santos. Me gustan los mártires, cualquiera sea la causa y la razón de su fanatismo. El fanatismo que convierte a la vida en un morir permanente y heroico es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte. Por eso soy fanática. Daría mi vida por Perón y por el pueblo. Porque estoy segura que solamente dándola me ganaré el derecho de vivir con ellos por toda la eternidad. Así, fanáticas quiero que sean las mujeres de mi pueblo. Así, fanáticos quiero que sean los trabajadores y los descamisados. El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón. Por eso los venceremos. Porque aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas no podrán ser nunca fanáticos. Porque no tienen corazón. Nosotros sí. Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón. No pueden ser fanáticos porque las sombras no pueden mirarse en el espejo del sol. Frente a frente, ellos y nosotros, ellos con todas las fuerzas del mundo y nosotros con nuestro fanatismo, siempre venceremos nosotros. Tenemos que convencernos para siempre: el mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo. Quemarnos para poder quemar, sin escuchar la sirena de los mediocres y de los imbéciles que nos hablan de prudencia. Ellos, que hablan de la dulzura y del amor, se olvidan que Cristo dijo: "¡Fuego he venido a traer sobre la tierra y que más quiero sino que arda!" Cristo nos dio un ejemplo divino de fanatismo. ¿Qué son a su lado los eternos predicadores de la mediocridad?

Ni fieles ni rebeldes
Yo he medido con la vara de mi corazón la frialdad y el fanatismo de los hombres. Los dos extremos han desfilado permanentemente ante mis ojos. El paisaje de estos años de mi vida es un inmenso contraste de luces y sombras. En todos los momentos de esta vida mía me es dado contemplar y sufrir ese tremendo encuentro del fanatismo y de la indiferencia. Confieso que no me duele tanto el odio de los enemigos de Perón como la frialdad y la indiferencia de los que debieron ser amigos de su causa maravillosa. Comprendo más y casi diría que perdono más el odio de la oligarquía que la frialdad de algún hijo bastardo del pueblo que no siente ni comprende a Perón. Si alguna cosa tengo que reprocharle a las altas jerarquías militares y clericales es precisamente su frialdad y su indiferencia frente al drama de mi pueblo. Sí, no exagero: lo que sucede en nuestro pueblo es drama, auténtico y extraordinario drama por la posesión de la vida, de la felicidad, del simple y sencillo bienestar que mi pueblo venia soñando desde el principio de su historia. El 17 de octubre fue el encuentro del Pueblo con Perón. Aquella noche inolvidable se selló el destino de los dos, y así empezó el inmenso drama... Frente a un mundo de pueblos sometidos Perón levantó la bandera de nuestra liberación. Frente a un mundo de pueblos explotados Perón levantó la bandera de la justicia. Yo le sumé mi corazón y entrelacé las dos banderas de la justicia y de la libertad con un poco de amor... pero todo esto -la libertad, la justicia y el amor, Perón y su pueblo-, todo esto es demasiado para que pueda mirarse con indiferencia o con frialdad. Todo esto merece odio o merece amor. Los tibios, los indiferentes, las reservas mentales, los peronistas a medias, me dan asco. Me repugnan porque no tienen olor ni sabor. Frente al avance permanente e inexorable del día maravilloso de los pueblos también los hombres se dividen en los tres campos eternos del odio, de la indiferencia y del amor. Hay fanáticos del pueblo. Hay enemigos del pueblo. Y hay indiferentes. Estos pertenecen a la clase de hombre que Dante señaló ya en las puertas del infierno. Nunca se juegan por nada. Son como "los ángeles que no fueron ni fieles ni rebeldes".

Caiga quien caiga
Yo he visto a Perón peleando incansablemente por su pueblo frente a las fuerzas dominantes de la humanidad. Este capítulo está dedicado a ellas. No puedo callar porque sería mentirle a mi pueblo y a todos los pueblos de la tierra que han sufrido y sufren la despiadada prepotencia de los imperialismos. Es hora de decir la verdad, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Existen en el mundo naciones explotadoras y naciones explotadas. Yo no diría nada si se tratase solamente de naciones, pero es que detrás de cada nación que someten los imperialismos hay un pueblo de esclavos, de hombres y mujeres explotados. Y aún las mismas naciones imperialistas esconden siempre detrás de sus grandezas y de sus oropeles la realidad amarga y dura de un pueblo sometido. Los imperialismos han sido y son la causa de las más grandes desgracias de una humanidad que se encarna en los pueblos. Esta es la hora de los pueblos, que es como decir la hora de la humanidad. Todos los enemigos de la humanidad tienen las horas contadas. ¡También los imperialismos! En la hora de los pueblos lo único compatible con la felicidad de los hombres será la existencia de naciones justas, soberanas y libres, como quiere la doctrina de Perón. Y esto sucederá en este siglo. Aunque parezca ya una letanía de mi fanatismo sucederá, "caiga quien caiga y cueste lo que cueste".

Los imperialismos
Pero más abominable aún que los imperialistas son los hombres de las oligarquías nacionales que se entregan vendiendo y a veces regalando por monedas o por sonrisas la felicidad de sus pueblos. Yo los he conocido también de cerca. Frente a los imperialismos no sentí otra cosa que la indignación del odio, pero frente a los entregadores de sus pueblos, a ella sumé la infinita indignación de mi desprecio. Muchas veces los he oído disculparse ante mi agresividad irónica y mordaz. "No podemos hacer nada", decían. Los he oído muchas veces; en todos los tonos de la mentira. ¡Mentira! ¡Sí! ¡Mil veces mentira...! Hay una sola cosa invencible en la tierra: la voluntad de los pueblos. No hay ningún pueblo de la tierra que no pueda ser justo, libre y soberano. "No podemos hacer nada" es lo que dicen todos los gobiernos cobardes de las naciones sometidas. No lo dicen por convencimiento sino por conveniencias.

Por cualquier medio
Nosotros somos un pequeño pueblo de la tierra, y sin embargo con nosotros Perón decidió ganar, frente al imperialismo capitalista, nuestra propia justicia y nuestra propia libertad. Y somos justos y libres. Podrá costar más o menos sacrificio ¡pero siempre se puede! No hay nada que sea más fuerte que un pueblo. Lo único que se necesita es decidirlo a ser justo, libre y soberano. ¿Los procedimientos? Hay mil procedimientos eficaces para vencer: con armas o sin armas, de frente o por la espalda, a la luz del día o a la sombra de la noche, con un gesto de rabia o con una sonrisa, llorando o cantando, por los medios legales o por los medios ilícitos que los mismos imperialismos utilizan en contra de los pueblos. Yo me pregunto: ¿qué pueden hacer un millón de acorazados, un millón de aviones y un millón de bombas atómicas contra un pueblo que decide sabotear a sus amos hasta conseguir la libertad y la justicia? Frente a la explotación inicua y execrable, todo es poco. Y cualquier cosa es importante para vencer.

El hambre y los intereses
El arma de los imperialismos es el hambre. Nosotros, los pueblos sabemos lo que es morir de hambre. El talón de Aquiles del imperialismo son sus intereses. Donde esos intereses del imperialismo se llamen "petróleo" basta, para vencerlos, con echar una piedra en cada pozo. Donde se llame cobre o estaño basta con que se rompan las máquinas que los extraen de la tierra o que se crucen de brazos los trabajadores explotados... ¡No pueden vencemos! Basta con que nos decidamos. Así quiso que fuese Perón entre nosotros y vencimos. Ya no podrán jamás arrebatarnos nuestra justicia, nuestra libertad y nuestra soberanía. Tendrían que matarnos uno por uno a todos los argentinos. Y eso ya no podrán hacerlo jamás.

El odio y el amor
En años de lucha he aprendido cómo juegan su papel en el gobierno de los pueblos las fuerzas políticas nacionales e internacionales, las fuerzas económicas y espirituales de la tierra, y cómo se disfrazan las ambiciones de los hombres. Yo he visto a Perón enfrentándolos de pie, sereno e imperturbable, mirando siempre más allá de su vida y de su tiempo, con los ojos puestos exclusivamente en la felicidad de su pueblo y en la grandeza de su Patria. Nada ni nadie pudo ni podrá apartarlo de su camino. Yo recuerdo cómo, en los primeros tiempos de su lucha, debió enfrentar la calumnia que intentaba separarlo de sus descamisados: decían que él era un peligro para el pueblo porque era militar. Algunos años después, como la calumnia no prosperó, sus enemigos trataron de enfrentarlo con las fuerzas armadas. Decían que Perón intentaba crear una fuerza en los trabajadores para sustituir el influjo militar en el Gobierno de la República. Sobre todas estas cosas quiero decir la verdad ¡mi auténtica verdad! y espero que alguna vez se imponga sobre tanta mentira, o por lo menos -aunque no me crean- sirva para algo a los pueblos del mundo en sus luchas por la justicia y por la libertad. Declaro que pertenezco ineludiblemente y para siempre a la "ignominiosa raza de los pueblos". De mí no se dirá jamás que traicioné a mi pueblo, mareada por las alturas del poder y de la gloria. Eso lo saben todos los pobres y todos los ricos de mi tierra, por eso me quieren los descamisados y los otros me odian y me calumnian. Nadie niega en mi Patria que, para bien o para mal, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle. Por eso, porque sigo pensando y sintiendo como pueblo, no he podido vencer todavía nuestro "resentimiento" con la oligarquía que nos explotó. ¡Ni quiero vencerlo! Lo digo todos los días con mi vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuando alumbra y cuando quema. Como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar la desolación en su camino. No entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas. Sólo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor. Nunca sé cuando odio ni cuando estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía de mi tierra -y frente a todas las oligarquías del mundo- no he podido encontrar el equilibrio que me reconcilie con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores.

Los altos círculos
Me rebelo indignada con todo el veneno de mi odio, o con todo el incendio de mi amor -no lo sé todavía-, en contra del privilegio que constituyen todavía los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales. Tengo plena conciencia de lo que escribo. Sé lo que sienten y lo que piensan de esos círculos los hombres y mujeres humildes que constituyen el pueblo. Todos los pueblos de la humanidad. Yo no los condeno personalmente. Aunque personalmente me combatieron y me combaten como enemiga declarada de sus propósitos y de sus intenciones. En el fondo de mi corazón, yo no deseo otra cosa que salvarlos con mi acusación, señalándoles el camino del pueblo por donde llega el porvenir de la humanidad. Yo sé que la religión es el alma de los pueblos y que a los pueblos les gusta ver en sus ejércitos la fuerza pujante de sus muchachos como garantía de su libertad y expresión de la grandeza de su Patria. Pero sé también que a los pueblos les repugna la prepotencia militar que se atribuye el monopolio de la Patria, y que no se concilian la humildad y la pobreza de Cristo con la fastuosa soberbia de los dignatarios eclesiásticos que se atribuyen el monopolio absoluto de la religión. La Patria es del pueblo, lo mismo que la Religión. No soy antimilitarista ni anticlerical en el sentido en que quieren hacerme aparecer mis enemigos. Lo saben los humildes sacerdotes del pueblo que me comprenden a despecho de algunos altos dignatarios del clero rodeados y cegados por la oligarquía. Lo saben los hombres honrados que en las fuerzas armadas no han perdido contacto con el pueblo. Los que no quieren comprenderme son los enemigos del pueblo metidos a militares. Ellos desprecian al pueblo y por eso desprecian a Perón, que siendo militar abrazó la causa del pueblo aún a costa de abandonar en cierto momento su carrera militar. Yo veo no sólo el panorama de mi propia tierra. Veo el panorama del mundo y en todas partes hay pueblos sometidos por gobiernos que explotan pueblos en beneficio propio o de lejanos intereses. Y detrás de cada gobierno impopular he aprendido a ver ya la presencia mitad solapada y encubierta o descarada y prepotente. En este mensaje de mis verdades, no puedo callar esta verdad irrefutable que se cierne como la más grande sombra cubriendo los horizontes de la humanidad. Es necesario que los pueblos destruyan los altos círculos de sus fuerzas militares gobernando a las naciones. ¿Cómo? Abriendo al pueblo sus cuadros dirigentes. Los ejércitos deben ser del pueblo y servirlo. Deben servir a la causa de la justicia y de la libertad. Es necesario convencerlos de que la Patria no es una geografía de fronteras más o menos dilatadas sino que es el pueblo. La Patria sufre o es feliz en el pueblo que la forma. En la hora de nuestra raza, en la hora de los pueblos, la Patria alcanzará su más alta verdad. Es necesario que los ejércitos del mundo defiendan a sus pueblos sirviendo la causa de la justicia y de la libertad. Solamente así se salvarán los pueblos de caer en el odio contra "eso" que antes se llamaba Patria, y que era una mentira más ¡una bella mentira que inventó la oligarquía cuando empezó a vender la dignidad del pueblo, es decir la dignidad augusta y maravillosa de la Patria!

El Pueblo es la única fuerza
Yo no sé si no será posible que alguna vez el mundo cancele todo cuanto signifique una fuerza de agresión y desaparezca la necesidad de sostener ejércitos para la defensa, pero mientras eso -que sería lo ideal, acaso lo sobrenatural o lo imposible- no suceda, los pueblos del mundo deben cuidar que sus fuerzas militares no se conviertan en cadenas o instrumentos de su propia opresión. El ejército de mi Patria custodió en 1946 las elecciones que consagraron a Perón presidente de los argentinos. En aquella ocasión, fueron sus militares una garantía para el pueblo. A pesar de eso, yo considero que la función militar no debe ser en ningún caso garantía cívica de la justicia y la libertad. Porque la fuerza suele tentar a los hombres, lo mismo que el dinero. La garantía de la voluntad soberana del pueblo debe estar en el propio pueblo. Sacarla de sus manos es reconocerle una debilidad que no existe, porque los pueblos constituimos por nosotros mismos la fuerza más poderosa que poseen las naciones. Lo único que debemos hacer es adquirir plena conciencia del poder que poseemos y no olvidarnos de que nadie puede hacer nada sin el pueblo, que nadie puede hacer tampoco nada que no quiera el pueblo. ¡Sólo basta que los pueblos nos decidamos a ser dueños de nuestros propios destinos! Todo lo demás es cuestión de enfrentar al destino. ¡Basta eso para vencer! ¡Y si no que lo diga nuestro pueblo!

Servir al Pueblo
En estos momentos el mundo es una inmensa fortaleza. Todos los gobiernos han sido dominados por los altos círculos de sus fuerzas armadas. Así como la Edad Media fue clerical y la iglesia gobernó sobre los pueblos por medio de los reyes y los reyes dominaron a los pueblos valiéndose del clero, así en la Edad de nuestro siglo las fuerzas armadas mandan sobre los pueblos infiltradas en los gobiernos de las naciones y los gobiernos oprimen y sojuzgan y explotan a los pueblos valiéndose del instrumento colosal de sus ejércitos. Todo es militar en este mundo nuestro. Yo no diría una sola palabra si las fuerzas armadas fuesen instrumentos fieles al pueblo. Pero no es así: casi siempre son carne de oligarquía. O porque la oligarquía copó los altos círculos de la oficialidad, o porque los oficiales a los que el pueblo dio a sus fuerzas armadas se entregaron, olvidándose del pueblo, de sus dolores, y de su inmenso dolor! Nosotros, el pueblo, tenemos que ganar las altas jerarquías de las fuerzas armadas de las naciones. No se trata de destruirlas, aunque yo pienso que alguna vez serán inútiles. Se trata de convertirlas al pueblo y después, cuando todos sus dirigentes -sus oficiales- sean carne y alma del pueblo, habrá que permanecer alertas, vigilándolas para que no se entreguen otra vez. No creo que la solución sea la que adoptaron los espartanos en los años de su decadencia y que los generales tengan que ser elegidos por el pueblo. El pueblo sólo tiene que elegir a sus gobernantes para que ellos hagan lo que el pueblo quiere. Los generales deben servir al gobierno del pueblo con plena y absoluta conciencia de que nada en la Nación puede sobreponerse ni oponerse a la voluntad del pueblo.

La grandeza o la felicidad
La patria no es patrimonio de ninguna fuerza. La patria es el pueblo y nada puede sobreponerse al pueblo sin que corran peligro la libertad y la justicia. Las fuerzas armadas sirven a la patria sirviendo al pueblo. El gran error de algunas fuerzas armadas consiste en creer que servir a la patria es una cosa distinta. Entonces, en aras de lo que ellos creen que es la patria, no les importa sacrificar al pueblo, sometiéndolo a las reglas de la prepotencia militar. En todos los siglos de la historia ha sucedido lo mismo. El espíritu militar ha considerado que el gran ideal de su existencia consistía en alcanzar la grandeza de la Nación y que, ante ese objetivo supremo se justificaba todo, incluso sacrificar la felicidad del pueblo. Perón nos ha enseñado que la felicidad del pueblo es lo primero; que no se puede hacer la grandeza de un país con un pueblo que no tiene bienestar. Las fuerzas armadas del mundo deben convencerse de esta absoluta verdad del peronismo. Si no es así, los pueblos mismos, por su propia mano, con la conciencia plena de nuestro poderío insuperable, las iremos borrando de la historia de la humanidad.

Somos más fuertes
Todas estas ideas y razones me llevan a decirle a mi pueblo y a todos los pueblos del mundo en este mensaje de mis verdades: nadie puede más que nosotros. Somos más fuertes que todas las fuerzas armadas de todas las naciones juntas. Si nosotros no queremos que la fuerza bruta de las armas nos domine, no podrá dominarnos. Con las armas pueden matarnos, pero morir de hambre es más doloroso, y nosotros sabemos lo que es morir por hambre! No podrán matarnos. Los soldados son hijos nuestros y no se atreverán a tirar sobre sus madres aunque los manden miles y miles de oficiales entregados y vendidos a la oligarquía. Podrán vencernos un día, en la noche o de sorpresa, pero si al día siguiente nos largamos a la calle, o nos negamos a trabajar, o saboteamos todo cuanto ellos quieran mandar; tendrán que resignarse a devolvernos la libertad y la justicia. Si toda esta resistencia puede organizarse, mejor; si no, lo mismo venceremos con tal de que tengamos plena conciencia de nuestro poderío soberano. Debemos convencernos definitivamente de una sola cosa: de que el gobierno debe ser del pueblo y que nadie sino el pueblo puede ocuparlo, porque, si no, no será tampoco para el pueblo. La hora de los pueblos no será alcanzada por nuestro siglo si no exigimos participación activa en el gobierno de las naciones. Pero ¿cómo? Como nosotros lo hemos hecho en nuestra tierra, gracias a Perón. Llevando a los obreros y a las mujeres del pueblo a los más altos cargos y responsabilidades del Estado. Y cuidando después que los dirigentes políticos del pueblo y los dirigentes sindicales no pierdan contacto con las masas que representan. Los gobernantes del pueblo deben seguir viviendo con el pueblo. Es una condición fundamental para que los pueblos no empiecen a sentirse traicionados. Y para gobernar con sentido real de lo auténticamente popular.

Vivir con el Pueblo
Es lindo vivir con el pueblo. Sentirlo de cerca, sufrir con sus dolores y gozar con la simple alegría de su corazón. Pero nada de todo eso se puede si previamente no se ha decidido definitivamente encarnarse en el pueblo, hacerse una sola carne con él para que todo dolor y toda tristeza y angustia y toda alegría del pueblo sea lo mismo que si fuese nuestra. Eso es lo que yo hice, poco a poco en mi vida. Por eso el pueblo me alegra y me duele. Me alegra cuando lo veo feliz y cuando yo puedo añadir un poco de mi vida a su felicidad. Me duele cuando sufre cuando los hombres del pueblo, o quienes tienen obligación de servirlo, en vez de buscar la felicidad del pueblo lo traicionan. También tengo para ellos una palabra dura y amarga en este mensaje de mis verdades. Yo los he visto marearse por las alturas. Dirigentes obreros entregados a los amos de la oligarquía por una sonrisa, por un banquete o por unas monedas. Los denuncio como traidores entre la inmensa masa de trabajadores de mi pueblo y de todos los pueblos. Hay que cuidarse de ellos: son los peores enemigos del pueblo porque han renegado de nuestra raza. Sufrieron con nosotros pero se olvidaron de nuestro dolor para gozar la vida sonriente que nosotros les dimos otorgándoles una jerarquía sindical. Conocieron el mundo de la mentira, de la riqueza, de la vanidad y en vez de pelear ante ellos por nosotros, por nuestra dura y amarga verdad, se entregaron. No volverán jamás, pero si alguna vez volviesen habría que sellarles la frente con el signo infamante de la traición.

Las jerarquías clericales
Entre los hombres fríos de mi tiempo señalo a las jerarquías clericales cuya inmensa mayoría padece de una inconcebible indiferencia frente a la realidad sufriente de los pueblos. Declaro con absoluta sinceridad que me duelen como un desengaño estas palabras de mi dura verdad. Yo no he visto sino por excepción entre los altos dignatarios del clero generosidad y amor... como se merecía de ellos la doctrina de Cristo que inspiró la doctrina de Perón. En ellos simplemente he visto mezquinos y egoístas intereses y una sórdida ambición de privilegio. Yo los acuso desde mi indignidad, no para el mal sino para el bien. No les reprocho haberlo combatido sordamente a Perón desde sus conciliábulos con la oligarquía. No les reprocho haber sido ingratos con Perón, que les dio de su corazón cristiano lo mejor de su buena voluntad y de su fe. Les reprocho haber abandonado a los pobres, a los humildes, a los descamisados, a los enfermos, y haber preferido en cambio la gloria y los honores de la oligarquía. Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de las turbas. Les reprocho olvidarse del pueblo y haber hecho todo lo posible por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que lo inciensan. Yo soy y me siento cristiana. Soy católica, pero no comprendo que la religión de Cristo sea compatible con la oligarquía y el privilegio. Esto no lo entenderé jamás. Como no lo entiende el pueblo. El clero de los nuevos tiempos, si quiere salvar al mundo de la destrucción espiritual, tiene que convertirse al cristianismo. Empezar por descender al pueblo. Como Cristo, vivir con el pueblo, sufrir con el pueblo, sentir con el pueblo. Porque no viven ni sufren ni sienten ni piensan con el pueblo, estos años de Perón están pesando sobre sus corazones sin despertar una sola resonancia. Tienen el corazón cerrado y frío. ¡Ah, si supieran qué lindo es el pueblo, se lanzarían a conquistarlo para Cristo que hoy, como hace dos mil años, tiene misericordia de las turbas!

La religión
Cristo les pidió que evangelizasen a los pobres y ellos no debieron jamás abandonar al pueblo donde está la inmensa masa oprimida de los pobres. Los políticos clericales de todos los tiempos y en todos los países quieren ejercer el dominio y aún la explotación del pueblo por medio de la iglesia y la religión. Muchas veces, para desgracia de la fe, el clero ha servido a los políticos enemigos del pueblo predicando una estúpida resignación... que no sé todavía cómo puede conciliarse con la dignidad humana ni con la sed de Justicia cuya bienaventuranza se canta en el Evangelio. También el clero político pretende ejercer en todos los países el dominio y aún la explotación del pueblo por medio del gobierno, lo que también es peligroso para la felicidad del pueblo. Los dos caminos del clericalismo político y de la política clerical deben ser evitados por los pueblos del mundo si quieren ser alguna vez felices. Yo no creo, como Lenín, que la religión sea el opio de los pueblos. La religión debe ser, en cambio, la liberación de los pueblos; porque cuando el hombre se enfrenta con Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad. Si no hubiese Dios, si no estuviésemos destinados a Dios, si no existiese religión, el hombre sería un poco de polvo derramado en el abismo de la eternidad. Pero Dios existe y por El somos dignos, y por El todos somos iguales, y ante El nadie tiene privilegios sobre nadie. ¡Todos somos iguales! Yo no comprendo entonces por qué, en nombre de la religión y en nombre de Dios, puede predicarse la resignación frente a la injusticia. Ni por qué no puede en cambio reclamarse, en nombre de Dios y en nombre de la religión, esos supremos derechos de todos a la justicia y a la libertad. La religión no ha de ser jamás instrumento de opresión para los pueblos. Tiene que ser bandera de rebeldía. La religión está en el alma de los pueblos porque los pueblos viven cerca de Dios, en contacto con el aire puro de la inmensidad. Nadie puede impedir que los pueblos tengan fe. Si la perdiesen, toda la humanidad estaría perdida para siempre. Yo me rebelo contra las "religiones" que hacen agachar la frente de los hombres y el alma de los pueblos. Eso no puede ser religión. La religión debe levantar la cabeza de los hombres. Yo admiro a la religión que puede hacerle decir a un humilde descamisado frente a un emperador: "¡Yo soy lo mismo que Usted, hijo de Dios!" La religión volverá a tener su prestigio entre los pueblos si sus predicadores la enseñan así: como fuerza de rebeldía y de igualdad, no como instrumento de opresión. Predicar la resignación es predicar la esclavitud. Es necesario, en cambio, predicar la libertad y la justicia. ¡Es el amor el único camino por el que la religión podrá llegar a ver el día de los pueblos!

Las formas y los principios
Yo vivo con mi corazón pegado al corazón de mi pueblo y conozco por eso todos sus latidos. Yo sé cómo siente, cómo piensa y cómo sufre. No se me escapa que muchas veces ha sido engañado y que en materia religiosa tiene demasiado prejuicios y acepta numerosos errores. Yo no me siento autorizada para juzgar sobre este trascendente tema. Mi mensaje está destinado a despertar el alma de los pueblos de su modorra frente a las infinitas formas de la opresión, y una de esas formas es la que utiliza el profundo sentido religioso de los pueblos como instrumento de esclavitud. El sentimiento religioso debe ser defendido por los pueblos y por eso todas sus deformaciones reclaman una condenación imperdonable. Yo creo que tanto mal han hecho a la humanidad los que creen que la religión es una simple colección de formalidades exteriores como aquellos que no ven otra cosa que principios de absoluta rigidez. La religión es para el hombre y no el hombre para la religión, y por eso la religión ha de ser profundamente humana, profundamente popular. Y para que la religión sea así, profundamente popular; debe volver a ser como antes. Ha de volver a hablar en el lenguaje del corazón que es el lenguaje del pueblo, olvidándose de los ritos excesivos y de las complicaciones teológicas también excesivas. Cuando al pueblo se le habla con sencillez y con amor; acepta la verdad que se le ofrece. Y con más fe todavía si se le predica con el ejemplo. Desgraciadamente nuestro pueblo, y acaso todos los pueblos de la tierra, sólo han visto demasiado interés en los predicadores de la fe y acaso por eso mismo, les han cerrado el corazón.

Los pueblos y Dios
Muchas veces, en estos años de mi vida, he pensado qué lejos estaban ciertos predicadores y apóstoles de la religión del corazón del pueblo... porque la frialdad y el egoísmo de sus almas no podía contagiar a nadie ni sembrar en las almas el ardor de la fe, que es fuego ardiente.
Yo sé -y lo declaro con todas las fuerzas de mi espíritu- que los pueblos tienen sed de Dios. Y sé también como trabajan sacerdotes humildes en apagar aquella sed. Mi acusación no va dirigida contra éstos, sino contra quienes por egoísmo, por vanidad por soberbia, por interés o por cualquier otra razón indigna a la causa que dicen defender, alejan a los pueblos de la verdad, cerrándoles el camino de Dios.
Dios les exigirá algún día la cuenta precisa y meticulosa de sus traiciones con mucho más severidad que a quienes, con menos teología, pero con más amor, nos decidimos a darlo todo por el pueblo. Con toda el alma, con todo el corazón.

Los ambiciosos
Enemigos del pueblo son también los ambiciosos. Muchas veces los he visto llegar hasta Perón, primero como amigos mansos y leales, y yo misma me engañé con ellos, que proclamaban una lealtad que después tuve que desmentir. Los ambiciosos son fríos como culebras pero saben disimular demasiado bien. Son enemigos del pueblo porque ellos no servirán jamás sino a sus intereses personales. Yo los he perseguido en el movimiento peronista y los seguiré persiguiendo implacablemente en defensa del pueblo. Son los caudillos. Tienen el alma cerrada a todo lo que no sean ellos. No trabajan para una doctrina ni les interesa el ideal. La doctrina y el ideal son ellos. La hora de los pueblos no llegará con ningún caudillo porque los caudillos mueren y los pueblos son eternos. Por eso es grande Perón, porque no tiene otra ambición que la felicidad de su pueblo y la grandeza de su Patria. Y porque ha creado una doctrina -una doctrina es un ideal- para que su pueblo siga su doctrina y no su nombre. Yo pienso, en cambio, que los pueblos cuando encuentran un hombre digno de ellos, no siguen su doctrina, sino su nombre. Porque en el hombre y en el nombre ven encarnarse a la doctrina misma y no pueden concebir la doctrina sin su creador. Por eso yo no puedo concebir al justicialismo sin Perón, y por eso he declarado tantas veces que yo soy peronista, no justicialista. Porque el justicialismo es la doctrina, en cambio el peronismo es Perón y la doctrina. ¡La realidad viva que nos hizo y que nos hace felices! Los caudillos en cambio, los ambiciosos, no tienen doctrina porque no tienen otra conducta que su egoísmo. Hay que buscarlos y marcarlos a fuego para que nunca se conviertan en dueños de la vida y las haciendas del pueblo. Yo los he conocido de cerca y de frente, y algunas veces incluso me han engañado, por lo menos momentáneamente. Hay que identificarlos y hay que destruirlos. La causa del pueblo exige nada más que hombres del pueblo que trabajen para el pueblo, no para ellos. En esto se distinguen los ambiciosos: en que trabajan para ellos, nada más que para ellos. Nunca buscan la felicidad del pueblo, siempre buscan más bien su propia vanidad y enriquecerse pronto. El dinero, el poder y los honores son las tres grandes "causas", los tres "ideales" de todos los ambiciosos. No he conocido ningún ambicioso que no buscase alguna de estas tres cosas o las tres al mismo tiempo. Los pueblos deben cuidar a los hombres que elige para regir sus destinos. Y deben rechazarlos y destruirlos cuando los vean sedientos de riqueza, de poder o de honores. La sed de riquezas es fácil de ver. Es lo primero que aparece a la vista de todos. Sobre todo a los dirigentes sindicales hay que cuidarlos mucho. Se marean también ellos y no hay que olvidar que cuando un político se deja dominar por la ambición es nada más que un ambicioso; pero cuando un dirigente sindical se entrega al deseo de dinero, de poder o de honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor. El poder y los honores seducen también intensamente a los hombres y los hacen ambiciosos. Empiezan a trabajar para ellos y se olvidan del pueblo. Esta es la única manera de identificarlos. El pueblo tiene que conocerlos y destruirlos. Solamente así, los pueblos serán libres. Porque todo ambicioso es un prepotente capaz de convertirse en un tirano. ¡Hay que cuidarse de ellos como del diablo!
No quisiera morirme, por Perón y por mis descamisados. No por mí, que he vivido todo lo que tenía que vivir. Perón y los pobres me necesitan.
¿Sabrán mis "grasitas" todo lo que yo los quiero?
Si alguien me preguntase, en estos momentos difíciles y amargos de mi vida, cuál es mi deseo más ferviente y cuál mi voluntad más absoluta, yo les diría: vivir eternamente con Perón y con mi pueblo. Muchas veces, en las horas largas y duras de mi enfermedad, he deseado vivir no por mí, que ya he recibido de la vida todo cuanto podía pedir y más todavía, sino por Perón y por mis "grasitas", por mis descamisados. La enfermedad y el dolor me han acercado a Dios y he aprendido que no es injusto todo esto que me está sucediendo y que me hace sufrir. Yo tenía todas las posibilidades de tomar, cuando me casé con Perón, el camino equivocado que conduce al mareo de las altas cumbres. En cambio Dios me llevó por los caminos de mi pueblo y por haberlo seguido he llegado a recibir como nadie el cariño de los hombres, de las mujeres, de los niños y de los ancianos. Pero le pido a Dios que me dé algunas vacaciones en mi sufrimiento.

El gran delito
Muchas veces, sobre todo en los años de la revolución, oía como los altos jefes militares trataban de disuadir al Coronel de su amor por el pueblo. Ellos no concebían que un oficial superior pudiese entregarse así a "la chusma". Al principio creían que el Coronel hacia demagogia para conquistar el poder. Fue entonces cuando, envidiosos del éxito de Perón, le hicieron la primera revolución, le exigieron su renuncia y lo encarcelaron en Martín García. Pero felizmente el pueblo ya lo había conocido a Perón, y ya no veía en él al jefe militar con vocación de dictador; sino al compañero cuyo corazón había sentido el dolor de nuestra raza. Y el pueblo se lanzó a la calle dispuesto a todo. Los jefes militares de la reacción huyeron asustados y la oligarquía se escondió con ellos. Fue el 17 de octubre de 1945. Después, las cosas cambiaron. El Coronel, ya Presidente, siguió fiel a sus descamisados. Ya no podía ser que fuese demagogo, como decían. Era cierto entonces aquello de que Perón, un jefe militar, concedía importancia fundamental a los trabajadores de su pueblo. Y a medida que los trabajadores se organizaban constituyendo la más poderosa fuerza del país, la oligarquía infiltrada también en las fuerzas armadas preparaba la reacción. Yo he presenciado la dura batalla de Perón con el privilegio de la fuerza, tan dura como las luchas contra el privilegio del dinero o de la sangre. Yo sé lo que ha sufrido, aunque he tenido el raro y maravilloso privilegio de ser algo así como el escudo donde se estrellaron siempre los ataques de sus enemigos. Ellos, cobardes como todos los traidores, nunca lo atacaron de frente, lo atacaron por mí... ¡Yo fui el gran pretexto! Cumplí mi tarea gozosa y feliz, parando los golpes que iban dirigidos a Perón. Sin embargo los que no me querían a mí, siempre terminaron por alejarse de Perón. De alguna manera se fueron... ¡Y muchos lo traicionaron! La verdad, la auténtica y pura verdad, es que la gran mayoría de los que no quisieron a Perón por mí, tampoco lo quieren sin mí. En cambio el pueblo, los descamisados, los obreros, las mujeres, que me quieren a mí más de lo que merezco, son fanáticos de Perón hasta la muerte. En el pueblo reside la fuerza de Perón, no en el ejército. Solamente el pueblo lo quiere a Perón con fanatismo y sinceridad. Y cuando en los últimos tiempos algunos oficiales de las fuerzas armadas quisieron "terminar con Perón, tuvieron que enfrentarse con el pueblo que rodeó a su Líder; oponiendo a los traidores el pecho descubierto, la fuerza infinita del corazón. Aún en el ejército, los hombres leales, aún los que cayeron en defensa de Perón, fueron hombres del pueblo, humildes pero nobles y fieles ante la defección traidora de la oligarquía. Aquel día, el 28 de septiembre, yo me alegré profundamente de haber renunciado a la vicepresidencia de la República el 22 y el 31 de agosto. Si no, yo hubiese sido otra vez el gran pretexto. En cambio, la revolución vino a probar que la reacción militar era contra Perón, contra el infame delito cometido por Perón al "entregarse" a la voluntad del pueblo, luchando y trabajando por la felicidad de los humildes y en contra de la prepotencia y de la confabulación de todos los privilegios con todas las fuerzas de la antipatria. ¡Este es el gran delito de Perón! El gran delito que yo bendigo desde el fondo de mi corazón descamisado. En mí, no tiene importancia ni tiene valor todo lo que yo siento de amor y de cariño por mi pueblo, porque yo vine del pueblo, yo sufrí con el pueblo. En cambio, el amor de Perón por los descamisados vale infinitamente más, porque dada su condición de coronel, el camino más fácil de su vida era el de la oligarquía y sus privilegios. En cambio se decidió por el pueblo, contra toda probabilidad, venciendo las resistencias de muchos compañeros y abrazó nuestra causa definitivamente. ¡Cometió el gran delito! Pienso que, cometiéndolo, salvó él sólo a las fuerzas armadas de mi Patria del descrédito y del deshonor. Si Perón no fuese militar, nuestro pueblo estaría convencido de que las fuerzas armadas son un reducto de la oligarquía. Los militares tienen, en este año de Perón, la gran oportunidad de asegurarse el porvenir ayudándolo en su tarea de servir al pueblo, partiendo de la base fundamental de que eso no es delito: es servir a la Patria.

Mi voluntad suprema

Quiero vivir eternamente con Perón y con mi Pueblo. Esta es mi voluntad absoluta y permanente y será también por lo tanto cuando llegue mi hora, la última voluntad de mi corazón. Donde esté Perón y donde estén mis descamisados allí estará siempre mi corazón para quererlos con todas las fuerzas de mi vida y con todo el fanatismo de mi alma. Si Dios llevase del mundo a Perón antes que a mí, yo me iría con él porque no sería capaz de sobrevivir sin él, pero mi corazón se quedaría con mis descamisados, con mis mujeres, con mis obreros, con mis ancianos, con mis niños para ayudarlos a vivir con el cariño de mi amor; para ayudarlos a luchar con el fuego de mi fanatismo y para ayudarlos a sufrir con un poco de mis propios dolores. He sufrido mucho, pero mi dolor valía la felicidad de mi pueblo y yo no quise negarme -no quiero negarme-, acepto sufrir hasta el último día de mi vida si eso sirve para restañar alguna herida o enjugar alguna lágrima. Pero si Dios me llevase del mundo antes que a Perón, yo quiero quedarme con él y con mi pueblo, y mi corazón y mi cariño y mi alma y mi fanatismo seguirán en ellos, seguirán viviendo en ellos, haciendo todo el bien que falta, dándoles todo el amor que no les pude dar en los años de mi vida, y encendiendo en sus almas todos los días el fuego de mi fanatismo que me quema y me consume como una sed amarga e infinita. Yo estaré con ellos para que sigan adelante por el camino abierto de la justicia y de la libertad hasta que llegue el día maravilloso de los pueblos. Yo estaré con ellos peleando en contra de todo lo que no sea pueblo puro, en contra de todo lo que no sea la "ignominiosa" raza de los pueblos. Yo estaré con ellos, con Perón y con mi Pueblo, para pelear contra la oligarquía vendepatria y farsante, contra la raza maldita de los explotadores y de los mercaderes de los pueblos. Dios es testigo de mi sinceridad. El sabe que me consume el amor de mi raza, que es el pueblo. Todo lo que se opone al pueblo me indigna hasta los limites extremos de mi rebeldía y de mis odios, pero Dios sabe también que nunca he odiado a nadie por si mismo, ni he combatido a nadie con maldad, sino por defender a mi pueblo, a mis obreros, a mis mujeres, a mis pobres "grasitas" a quienes nadie defendió jamás con más sinceridad que Perón y con más ardor que "Evita". Pero es más grande el amor de Perón por el pueblo que mi amor; porque él, desde su privilegio militar supo encontrarse con el pueblo, supo subir hasta su pueblo, rompiendo todas las cadenas de su casta. Yo, en cambio, nací en el pueblo y sufrí en el pueblo. Tengo carne y alma y sangre del pueblo. No podía hacer otra cosa que entregarme a mi pueblo. Si muriese antes que Perón, quisiera que esta voluntad mía, la última y definitiva de mi vida, sea leída en acto público en la Plaza de Mayo, en la Plaza del 17 de Octubre, ante mis queridos descamisados. Quiero que sepan, en ese momento, que quise y que quiero a Perón con toda mi alma y que Perón es mi sol y mi cielo. Dios no me permitirá que mienta si yo repito en este momento una vez más, como León Bloy, que "no concibo el cielo sin Perón". Pido a todos los obreros, a todos los humildes, a todos los descamisados, a todas las mujeres, a todos los pibes y a todos los ancianos de mi Patria que lo cuiden y lo acompañen a Perón como si fuese yo misma. Quiero que todos mis bienes queden a disposición de Perón como representante soberano y único del pueblo. que todos mis bienes, que considero en gran parte patrimonio del pueblo y del movimiento peronista, que es del pueblo, y que todo lo que dé "La Razón de mi Vida" y "Mi Mensaje", sea considerado como propiedad absoluta de Perón y del pueblo argentino. Mientras viva Perón, él podrá hacer lo que quiera de todos mis bienes: venderlos, regalarlos e incluso quemarlos si quisiera, porque todo en mi vida le pertenece, todo es de él, empezando por mi propia vida que yo le entregué por amor y para siempre, de una manera absoluta. Pero después de Perón, el único heredero de mis bienes debe ser el pueblo y pido a los trabajadores y a las mujeres de mi pueblo que exijan por cualquier medio el cumplimiento inexorable de esta voluntad suprema de mi corazón que tanto los quiso. Todos los bienes que he mencionado y aún los que hubiese omitido deberán servir al pueblo, de una o de otra manera. El dinero de "La Razón de mi Vida" y de "Mi Mensaje", lo mismo que la venta o el producido de mis propiedades, deberá ser destinado a mis descamisados. Quisiera que se constituya con todos esos bienes un fondo permanente de ayuda social para los casos de desgracias colectivas que afecten a los pobres y quisiera que ellos lo aceptasen como una prueba más de mi cariño. Deseo que en estos casos, por ejemplo, se entregue a cada familia un subsidio equivalente a los sueldos y salarios de un año, por lo menos. También deseo que, con ese fondo permanente de Evita, se instituyan becas para que estudien los hijos de los trabajadores y sean así los defensores de la doctrina de Perón, por cuya causa gustosa daría mi vida. Mis joyas no me pertenecen. La mayor parte fueron regalos de mi pueblo. Pero aún las que recibí de mis amigos o de países extranjeros, o del General, quiero que vuelvan al pueblo. No quiero que caigan jamás en manos de la oligarquía y por eso deseo que constituyan, en el Museo del Peronismo, un valor permanente que sólo podrá ser utilizado en beneficio directo del pueblo. Que así como el oro respalda la moneda de algunos países, mis joyas sean el respaldo de un crédito permanente que abrirán los bancos del país en beneficio del pueblo, a fin de que se construyan viviendas para los trabajadores de mi Patria. Desearía también que los pobres, los ancianos, los niños, mis descamisados, sigan escribiéndome como lo hacen en estos tiempos de mi vida y que el monumento que quiso levantar para mí el Congreso de mi Pueblo recoja las esperanzas de todos y las convierta en realidad por medio de mi Fundación, a la que quiero siempre pura como la concebí para mis descamisados. Así yo me sentiré siempre cerca de mi pueblo y seguiré siendo el puente de amor tendido entre los descamisados y Perón. Por fin, quiero que todos sepan que si he cometido errores los he cometido por amor y espero que Dios, que ha visto siempre mi corazón, me juzgue no por mis errores ni mis defectos, ni mis culpas, que fueron muchas, sino por el amor que consume mi vida. Mis últimas palabras son las mismas del principio: quiero vivir eternamente con Perón y con mi Pueblo. Dios me perdonará que yo prefiera quedarme con ellos, porque él también está con los humildes y yo siempre he visto en cada descamisado un poco de Dios que me pedía un poco de amor que nunca le negué.

Una sola clase
Es necesario que los hombres y mujeres del pueblo sean siempre sectarios y fanáticos y no se entreguen jamás a la oligarquía. No puede haber, como dice la doctrina de Perón, más que una sola clase: los que trabajan. Es necesario que los pueblos impongan en el mundo entero esta verdad peronista. Los dirigentes sindicales y las mujeres que son pueblo puro no pueden, no deben entregarse jamás a la oligarquía. Yo no hago cuestión de clases. Yo no auspicio la lucha de clases, pero el dilema nuestro es muy claro: la oligarquía que nos explotó miles de años en el mundo tratará siempre de vencemos. Con ellos no nos entenderemos nunca, porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darle jamás: nuestra libertad. Para que no haya luchas de clases, yo no creo, como los comunistas, que sea necesario matar a todos los oligarcas del mundo. No, porque sería cosa de no acabar jamás, ya que una vez desaparecidos los de ahora tendríamos que empezar con nuestros hombres convertidos en oligarcas, en virtud de la ambición, de los honores, del dinero o del poder. El camino es convertir a todos los oligarcas del mundo: hacerlos pueblo, de nuestra clase y de nuestra raza. ¿Cómo? Haciéndolos trabajar para que integren la única clase que reconoce Perón: la de los hombres que trabajan. El trabajo es la gran tarea de los hombres, pero es la gran virtud. Cuando todos sean trabajadores, cuando todos vivan del propio trabajo y no del trabajo ajeno, seremos todos más buenos, más hermanos, y la oligarquía será un recuerdo amargo y doloroso para la humanidad. Pero, mientras tanto, lo fundamental es que los hombres del pueblo, los de la clase que trabaja, no se entreguen a la raza oligarca de los explotadores. Todo explotador es enemigo del pueblo. ¡La justicia exige que sea derrotado!

sábado, 23 de julio de 2016

EL ESTADO ISLÁMICO DE IRAK Y EL LEVANTE: UNA CAMPAÑA GENOCIDA - PARTE 3: LA MISIÓN WAHABÍ SE PROPAGA A NIVEL MUNDIAL

por Aram Mirzaei. Traducción de Leonardo Del Grosso (@LeonardoDGrosso), en Comunidad Saker Latinoamérica


Alepo, Siria. Cuidad destruída por la agresión zionista-takfirí


En los artículos anteriores hemos explorado los orígenes de la ideología sectaria en los primeros días del Islam, los Khawarij. También hemos examinado la oleada de la misión wahabí, una ideología takfirí similar que se originó en el siglo 18, y que sigue viviendo hasta el día de hoy gracias al apoyo de diferentes potencias imperiales, el Imperio Británico y los Estados Unidos. En esta parte final, vamos a examinar la globalización de la ideología wahabí después de los ataques del 11 de septiembre y su último pico en la organización terrorista que hoy asola el mundo, el Estado Islámico de Irak y el Levante.

El Islam político y sus diferentes versiones
La era de la presidencia de George W. Bush se caracterizó por los ataques del 9/11, las invasiones a Afganistán e Irak en lo que se llamó una guerra global contra el terrorismo. El resentimiento musulmán por las ambiciones imperiales de Estados Unidos en la región ha sido durante mucho tiempo una parte esencial de la políticas de Oriente Medio, principalmente debido al apoyo al Estado de Israel, que es considerado por los habitantes de la región como un punto de apoyo colonial de las grandes potencias en la región. El Islam político o islamismo que se desarrolló durante el siglo 20 se expresó en una variedad de formas. En primer lugar, están las versiones wahabíes y de la Hermandad Musulmana, que se oponen a los movimientos nacionalistas árabes seculares de la región, enemigos de los poderes imperiales que tratan de dominar las regiones. Estos movimientos islamistas han dependido durante mucho tiempo de la ayuda exterior para deponer a los nacionalistas seculares indígenas, donde los wahabíes han extendido su doctrina altamente sectaria a diferentes partes del mundo islámico, y los Hermanos Musulmanes han lanzado varias insurgencias, principalmente en Egipto y Siria. La segunda versión del Islam político está representado por Irán, que desarrolló una firme postura antiimperialista popular contra Occidente como resultado de la experiencia de una monarquía, apoyada por Occidente, y del derrocamiento de un gobierno democrático laico por un golpe de Estado de Estados Unidos en 1953 ( ver operación Ajax).
Esta última versión del Islam político ha sido desde 1979 una espina en el costado de las ambiciones imperiales de Estados Unidos en tanto Irán rápidamente se involucró en la guerra civil del Líbano con la creación de la poderosa milicia Hezbolá, tanto para contrarrestar la invasión israelí como para difundir los ideales de la revolución iraní. Hezbolá sigue siendo un poderoso movimiento de resistencia contrarrestando la amenaza israelí en el sur del Líbano hasta el día de hoy, a pesar de los requerimientos de todas las milicias involucradas en la guerra, de disolverse después del Acuerdo de Taif en 1990.
Los EE.UU. fueron rápidos para usar a su entonces aliado Saddam Hussein para invadir Irán en 1980 por lo que le ofrecen una gran cantidad de asistencia militar, incluyendo lo que muchos creen en Irán que fueron armas químicas tales como el gas mostaza, para su uso sobre las fuerzas iraníes. La guerra terminó en un desastre tanto para Irán como para Irak, que sufrió severas pérdidas económicas. Más tarde, este último se vió obligado a invadir Kuwait, un estrecho aliado de Estados Unidos, con el fin de compensar la drástica disminución del nivel de vida que la guerra con Irán había causado en Irak. De esta manera, Saddam Hussein ya no era un aliado de los EE.UU., sino un enemigo. Una vez más, los Estados Unidos y los wahabíes saudíes se situaron espalda con espalda en la lucha contra la misma persona a la que sólo unos pocos años antes habían respaldado contra el Irán revolucionario.
Como se explica en el artículo anterior, la asociación estadounidense-wahabí fue crucial en los esfuerzos para desangrar a la Unión Soviética durante la guerra en Afganistán. El fin de la guerra fría se pensó como el comienzo de una nueva era en el Oriente Medio, donde los EE.UU. y sus aliados regionales podrían pasear libremente para dominar la región. Múltiples insurgencias terroristas sobrevinieron, principalmente en el Cáucaso y Asia Central después de la caída de la Unión Soviética (insurgencias en Tayikistán, Uzbekistán y Chechenia), todas ellas fuertemente financiadas por el estado wahabí y su principal patrocinador, los EE.UU.
Irán, sin embargo, con su incondicional postura antiimperialista, era una nueva amenaza emergente para la dominación de los EE.UU. y los saudíes. En la década de 1990 Irán logró recuperarse relativamente bien de la devastación causada por la larga guerra de ocho años con Irak, que ahora plantea una amenaza mayor no sólo para las ambiciones imperiales de los Estados Unidos, sino también para la misión wahabí. Los saudíes sentían que su posición como los "custodios de las dos mezquitas santas" fue desafiada por el Irán chií, que dio apoyo a varias organizaciones musulmanas chiítas en el mundo islámico, a menudo en minoría y duramente reprimidas por los regímenes en el poder, que no tan casualmente a menudo eran aliados de Estados Unidos, por supuesto (véase Pakistán, Bahrein y Yemen). Este desafío a la posición saudí también plantea un desafío similar a la hegemonía de Estados Unidos sobre la región desde que los wahabíes y los EE.UU. se hicieron estrechos aliados durante décadas.

La era de George W. Bush
La era de George W Bush profundizaría aún más los lazos entre Arabia y los Estados Unidos a raíz de los ataques del 9/11. A pesar de que quince de los diecinueve atacantes eran de origen saudí, la culpa de los ataques fue atribuida a Afganistán e Irak, y ambos países fueron invadidos. La razón oficial dada para invadir Irak fue que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva (ADM) y que había patrocinado al terrorismo a pesar de que ninguna evidencia real se presentó para respaldar cualquiera de estas afirmaciones.
Irak bajo Saddam llevaba la mayor parte de dos décadas en que había sido útil para mantener el Irán chiita bajo control, su odio hacia los iraníes y los chiítas fue visto como una razón para dejar que él mantenga su gobierno en Irak, a pesar de la confrontación entre Irak y los saudíes durante la primera Guerra del Golfo. El punto de vista de los iraníes es que las invasiones de Afganistán e Irak en realidad sirvieron para rodear a Irán, en lugar de luchar contra el terrorismo, el cual, según la visión de muchos iraníes, fue creado y fomentado por los propios Estados Unidos (ver los talibanes y Al Qaeda). Otra razón para deponer a Saddam fue el hecho de que él tenía profunda animosidad contra Israel, amenazándolo varias veces con ataques de misiles y desde la perspectiva de Irán, la seguridad de Israel es y ha sido siempre el interés más importante de Estados Unidos en la región. No obstante la profunda enemistad entre Irán y Saddam, Irán, junto con Siria bajo Bashar Al-Assad, se opuso a la invasión de Estados Unidos en 2003.
Los EE.UU., junto con sus aliados regionales, habían esperado reemplazar a Saddam con un gobierno amigo de Occidente para "la introducción de la democracia" en Irak. La política en ese entonces era dar poder a la mayoría chií del país, la que durante mucho tiempo habían sido oprimida por Saddam y su régimen. Sin embargo, lo que los EE.UU. no habían comprendido eran los estrechos vínculos entre la población chiíta en Irak y la nación chiíta de Irán. La "reconstrucción de Irak" no sólo se vio afectada por los movimientos insurgentes sunitas en el oeste de Irak, sino también por los enfrentamientos hostiles por parte de las milicias chiítas, como la Organización Badr y el Ejército Mahdi.
La población chiíta de Irak no dió la bienvenida a los ocupantes que los EE.UU. esperaban, por el contrario, varios años de insurgencia dirigida por los líderes chiítas prominentes como Muqtada Al-Sadr y respaldada por la Guardia Revolucionaria Iraní (Sepah-e Pasdaran), prolongaron la ocupación de los Estados Unidos y lo pusieron en una posición difícil.
El gobierno del país estaba ahora fuertemente dominado por los políticos chiítas y líderes que se negaron a iniciar relaciones hostiles contra sus hermanos en Irán, a pesar de la presión estadounidense. Los EE.UU. no habían podido entender que muchos de los políticos iraquíes como Nouri Al-Maliki estaban profundamente afiliados al establecimiento político iraní, un hecho que enfadó a los saudíes. Un cable de Wikileaks reveló la insatisfacción de los saudíes con Al-Maliki.
El rey dijo que no tenía "ninguna confianza en Maliki, y el embajador (Fraker) es muy consciente de mis puntos de vista." El rey afirmó que él había rechazado los ruegos del ex presidente Bush para que él se reuniera con al-Maliki. El rey dijo que había conocido a al-Maliki a principios de mandato de al-Maliki, y el iraquí le había dado una lista escrita de los compromisos para la reconciliación en Irak pero, según el saudí, había fallado en cada uno de ellos. Por esta razón, el Rey dijo que al-Maliki tenía poca credibilidad. "No confío en este hombre", declaró el Rey, "él es un agente iraní". El rey dijo que le había dicho a Bush y al ex vicepresidente Cheney "¿cómo puedo reunirme con alguien en el que no confío?" Al- Maliki ha "abierto la puerta a la influencia iraní en Irak" desde que asumió el poder, dijo el rey, y que "no estaba en absoluto esperanzado" por al-Maliki, "o me habría reunido con él".
De hecho, los EE.UU. habían entregado Irak a Irán en una bandeja de plata y creado un estrecho aliado de Irán, para disgusto de los saudíes. Los temores fueron creciendo ahora en Riad y entre sus aliados por la creación de una "media luna chiíta", un término acuñado en 2004 por el rey jordano Abdullah II en referencia al eje sirio-iraquí-iraní y el poderoso partido Hezbolá en el Líbano.

La "primavera árabe" y la globalización del wahabismo
¿Hasta dónde estaban dispuestos a llegar los saudíes para parar esta amenaza que ellos perciben? De acuerdo con el ex jefe del Servicio Secreto de Inteligencia Británico, MI6, Sir Richard Dearlove, el príncipe Bandar bin Sultan, que una vez fue el poderoso embajador saudí en Washington y jefe de la inteligencia saudí, le había dicho: "El tiempo no está muy lejos en el Oriente Medio, Richard, cuando literalmente ocurra que 'Dios ayude a los chiítas'. Más de mil millones de sunitas simplemente han tenido suficiente de ellos".
No hay dudas acerca de la exactitud de la cita del príncipe Bandar, secretario general del Consejo de Seguridad Nacional de Arabia Saudí desde 2005 y jefe de inteligencia general entre 2012 y 2014, los cruciales dos años cuando yihadistas del tipo Al Qaeda en Irak y Siria causaron estragos en los países. Disertando en el Instituto Real de Servicios Unidos, Dearlove, que encabezó el MI6 entre 1999 y 2004, enfatizó en la importancia de las palabras del príncipe Bandar, diciendo que constituían "un comentario escalofriante que recuerdo muy bien, exactamente".
Cuando la así llamada "primavera árabe" recaló en Siria, no fue casualidad que los saudíes estaban a la vanguardia de la oposición al gobierno secular del presidente Assad, con Riad proporcionando rápidamente armas y fondos a los grupos yihadistas sumamente sectarios que luchan contra el Ejército Sirio. Aquí es donde el proyecto imperial estadounidense llamado Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL) entra en la escena. Desde el inicio de la "guerra civil" siria, la así llamada oposición fue totalmente dominada por los yihadistas sectarios que comparten la misma ideología wahabí que sus patrocinadores en Riad, y que deseaban acabar con las comunidades minoritarias en el país y declarar un emirato wahabí .
Estos Takfiris a menudo se unen a miles de otros extranjeros Takfiris (grupos en Siria como Jaysh Al-Muhayirin Wal Ansar, un grupo de Chechenia y el Partido Islámico del Turkestán, que consisten principalmente en uigures de China) que vinieron de todas partes del mundo, un testimonio de lo extendida que había devenido la ideología wahabí.
Por supuesto, todo esto se hizo posible a través del armamento y la financiación de los terroristas no sólo por el estado wahabí, sino también mediante el apoyo de los EE.UU. y sus aliados en Europa y Oriente Medio, especialmente los Hermanos Musulmanes dominados por Turquía, bajo el disfraz del respaldo al fantasma de una oposición moderada para derrocar al gobierno sirio.
Al echar un vistazo más de cerca a la retórica de los militantes takfirís que operan en Siria e Irak, no es difícil entender que sus principales enemigos son las poblaciones chiítas de estos países, y en última instancia, el bastión chiíta de Irán. El hecho de que el Estado Islámico de Irak y el Levante usa el término "la Safawiyya", una referencia a la dinastía Safavid de Irán que convierte el país para el chiísmo en el siglo 16, principalmente usado por los takfirís como un insulto para referirse a los ejércitos de Irak y Siria, es un testimonio de su odio por los chiíes. En su magazine online llamado "Dabiq", ISIL deja claro terminantemente este punto al declarar que los "Rafidah (un término despectivo para los chiítas) son apóstatas que deben ser eliminados a través de los más brutales medios". Por otra parte, muftíes saudíes, entrando ilegalmente en Siria han declarado en varias ocasiones que el asesinato de chiítas es considerado halal, y que todo lo que hay que hacer es proferir la palabra "Bismillah" (en el nombre de Dios) antes de "cortarlos como perros". Los chiítas que son víctimas de este grupo terrorista siempre son asesinados de la manera más brutal, como hemos presenciado principalmente en Irak, pero también en Siria, a través de decapitaciones, ahogamientos, puñaladas y así por el estilo.
Sin embargo, esto nunca habría sido posible sin el enorme apoyo de los EE.UU. Los documentos de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA) muestran que los EE.UU. sabían muy bien que el armamento de los "moderados" resultaría en el pertrechamiento de los terroristas takfiris, pero optó por seguir con el plan previsto a pesar de las consecuencias catastróficas. Los documentos indican:
"AQI (Al-Qaeda de Irak) apoyó a la oposición siria desde el comienzo, tanto ideológicamente como a través de los medios de comunicación".
"Si la situación se desenreda existe la posibilidad de establecer un declarado o no declarado principado salafista en el este de Siria (Hasakah y Der Zor), y esto es exactamente lo que las potencias que apoyan a la oposición quieren, con el fin de aislar al régimen sirio".
"ISIL también podría declarar un estado islámico mediante su unión con otras organizaciones terroristas en Irak y Siria, lo que creará un grave peligro en lo que respecta a la unificación de Irak y la protección de su territorio"
, expresa el informe de la DIA, con fecha de agosto de 2012.
Por otra parte, Joe Biden también admitió sobre el hecho de que sus aliados crearon la plaga terrorista en la región declarando que "el 'mayor problema' de América en Siria son sus aliados regionales".
"Nuestros aliados en la región serían nuestro mayor problema en Siria", dijo, explicando que Turquía, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos están "tan determinados a acabar con Assad" que en un sentido comenzaron una "guerra proxy entre sunitas y chiítas" vertiendo "cientos de millones de dólares y decenas de miles de toneladas de armas" hacia cualquiera que luchara contra Assad. (1)
Como el sacrificio de ISIL debilita tanto a Irak como a Siria, inflamar las tensiones sectarias en un mundo musulmán alguna vez pluralista, brinda el pretexto a Estados Unidos para, con sus militares, arrasar y reocupar los territorios.
El proyecto ISIL es utilizado para dividir Siria e Irak en países sectarios, para el deleite de la misión wahabí. No es casualidad que los EE.UU. hoy favorecen a las "tribus sunitas" en Irak para hacer la lucha principal en su nombre contra los terroristas de ISIL en el oeste de Irak, y no es ninguna casualidad que los EE.UU. quieren armarlos a ellos y a los kurdos hasta los dientes, y así someter a presión al gobierno iraquí para que ceda, o el control, o de hacer frente a la amenaza del separatismo en la región dominada por los sunitas de la región de Anbar de Irak occidental. Un Irak y una Siria divididos romperían el eje Teherán-Damasco-Bagdad y Hezbolá y severamente debilitarían a Irán en su lucha contra los ocupantes sionistas en Israel, y además también daría a Arabia Saudita mucha influencia en la región y el apretar el lazo alrededor de la población chií de la región.
El principal enemigo que se mantiene de pie entre los wahabíes y su afán de control total sobre el mundo musulmán, son las personas seculares de la región y la población chiíta, que durante siglos se han resistido a los intentos de los wahabíes de exterminarlos. A medida que las guerras en Siria e Irak continúan, el estado wahabí ha fijado su mirada tanto sobre Yemen (donde se está llevando a cabo una campaña masiva para destruir a los chiitas Houthi), como sobre Pakistán y Afganistán, con minorías chiíes importantes que se niegan a aceptar la ideología wahabí. Por lo tanto, la misión wahabí se ha convertido en una campaña para destruir a los que se considera herejes, es decir, cualquier persona que no sea compatible con la misión wahabí de exterminar a los chiítas. Recuerde que todo esto está sucediendo bajo la égida de Washington.


(1) -https://www.rt.com/news/192880-biden-isis-us-allies

EL ESTADO ISLÁMICO DE IRAK Y EL LEVANTE: UNA CAMPAÑA GENOCIDA - PARTE 2: EL CRECIMIENTO DEL WAHABISMO Y LA FORMACIÓN DE UN BASTIÓN DEL TERROR

por Aram Mirzaei. Traducción de Leonardo Del Grosso (@LeonardoDGrosso), en The Saker, en Comunidad Saker Latinoamérica


Abdelaziz Ibn Saud y Winston Churchill: dos criminales imperialistas


En el artículo anterior analizamos la historia del concepto de Takfir, los musulmanes que practican la excomunión de otros musulmanes. También examinamos la historia de la primera gran división dentro del Islam. En esta parte analizaremos la segunda oleada de Takfir, la originada en la Península Arábiga durante el siglo 18. Antes de examinar más de cerca este ascenso, es necesaria una breve introducción a la jurisprudencia islámica, también conocida como Fiqh.

Fiqh
La Jurisprudencia Islámica es la comprensión humana o, más bien, la interpretación, de la Sharia, la ley divina. La Sharia se desarrolla a través de las interpretaciones del Corán y de la Sunna (las enseñanzas y prácticas del profeta Mahoma) por los juristas islámicos (ulema). En la medida en que la comunidad islámica atravesó varias Fitnas (divisiones), varias escuelas de jurisprudencia (madhab) se desarrollaron con diferentes interpretaciones del concepto de Sharia. Entre las escuelas sunitas de pensamiento, cuatro ramas principales ganaron preeminencia en el seno de la comunidad suní. Estas ramas son: escuelas de pensamiento Hanafi, Maliki, Shafi y Hanbali.
La escuela Hanbali de pensamiento se destaca en que no sólo es la más pequeña de las cuatro escuelas principales, sino también la más extrema. Fundada por Ahmad Ibn Hanbal (780-855), quien fue discípulo de Al-Shafi (fundador de la escuela Shafi), él estaba profundamente preocupado con "reinterpretaciones" de la doctrina del Corán y del Hadiz. Ibn Hanbal fue un firme defensor de volver a la interpretación literal del Corán y de los Hadices, rechazando varios dictámenes religiosos a los que consideraba ser meras especulaciones. En la medida en que se ganó adeptos (hanbalitas), las relaciones con el califato abasí se hicieron cada vez más tensas en tanto que sucesores de Ibn Hanbal tales como Al-Hasan Ibn Ali Al-Barbahari abogaron por la violencia contra aquellos considerados pecadores. Pronto, turbas armadas se formaron, atacando a los correligionarios chiítas y sunitas que eran sospechosos de comportamiento pecaminoso.
A medida que el caos comenzó a extenderse en el Califato, el califa Ar-Radi condenó públicamente a la escuela Hanbali y terminó su patrocinio por parte de los organismos religiosos estatales. Por lo tanto, la escuela Hanbali había sido marginada.

Siglo 18: el crecimiento del wahabismo
El Wahabismo lleva el nombre del predicador y erudito del siglo 18, Muhammad Ibn Abd Al-Wahhab, que inició lo que él vio como una ideología de resurgimiento en la región árabe de Nejd, hoy parte de Arabia Saudita. Su ideología abogó por una purga de prácticas que él consideró idólatras (shirk) y "culto a los santos", en referencia a la visita de santuarios y tumbas de figuras importantes del Islam, algo que él considera impurezas e innovaciones. Por lo tanto, se convirtió en su principal misión el difundir lo que él cree que es una convocatoria a la restauración de la verdadera adoración monoteísta.
Abd Al-Wahhab comenzó a atraer seguidores, incluyendo el gobernante de Uyayna (un pueblo en la región Nejd), Uthman Ibn Muamar. Abd Al-Wahhab llegó a un acuerdo con Ibn Muamar, de apoyar las ambiciones políticas de Ibn Muammar de expandir su dominio sobre Nejd y más allá, a cambio del apoyo de Ibn Muammar a las enseñanzas religiosas de Abd al-Wahhab. Abd Al-Wahhab comenzó a poner en práctica sus ideas en la región, prohibiendo lo que él consideraba la tumba de culto, organizando la lapidación de las mujeres que fueron acusadas de adulterio y destruyendo la tumba de Zayd Ibn al-Jattab, un compañero del profeta Mahoma.
Estas acciones, sin embargo, no pasaron desapercibidas para otros gobernantes influyentes en la región de Nejd, siendo uno de ellos Suleiman Ibn Muhammad Ibn Ghurayr, que amenazó a Ibn Muamar con denegarle la capacidad de recaudar impuestos en la región Nejd si no mataba o desterraba a Abd al-Wahhab. Por lo tanto Ibn Muamar obligó a Abd Al-Wahhab a irse de Nejd.
Abd Al-Wahhab no detuvo sus afanes allí, y en cambio fue invitado por un gobernante de un pueblo cercano en Diriyah, Muhammad Ibn Saud. En 1744 se reunieron e hicieron un pacto donde Ibn Saud protegería y propagaría las doctrinas de Abd Al-Wahhab, mientras que a su vez él proclamaría campeón a Ibn Saud para que gobernara toda la Península Arábiga. Este acuerdo fue confirmado con un juramento mutuo de lealtad (bayah) y ese mismo año marcó la emergencia del primer estado saudí, el Emirato de Diriyah.

La doctrina wahabí y el movimiento salafista
El movimiento wahabí se puede decir que se inspiró en los escritos de Ahmad bin Hanbal, fundador de la escuela Hanbali de pensamiento. Aunque esta cuestión está en su mayor parte en debate ya que los wahabíes no se consideran a sí mismos como parte de ninguna escuela de pensamiento. Los wahabíes siempre han rechazado toda la jurisprudencia que, en su opinión, no se adhirió estrictamente a la letra del Corán y del Hadiz, no obstante esta afirmación, ellos siguen la metodología Hanbali de conservadurismo extremo en la aplicación de la ley de la Sharia.

El movimiento salafista
El salafismo es un movimiento ultra conservador dentro de la rama sunita del Islam. La doctrina del salafismo es una que toma un enfoque fundamentalista del Islam, centrándose en la emulación del profeta Mahoma y sus primeros seguidores de Al-Salih Al Salaf (piadosos antepasados). Al igual que el wahabismo y la escuela Hanbali, rechazan las innovaciones y garantizan una aplicación estricta de la ley de la sharia. Aunque comparten muchas similitudes con la doctrina wahabí, los salafistas, más aún, rechazan el término wahabí, lo consideran un agravio. Aún así, los salafistas modernos tienden a considerar Abd Al-Wahhab como un salafista, y su libro Kitab al-Tawhid todavía se lee y es citado frecuentemente por los seguidores y eruditos salafistas. Aunque tienen un pasado diferente, ya que el wahabismo se originó en la Península Arábiga y el salafismo se originó en Egipto, comparten la misma doctrina de purgar las prácticas consideradas por ellos como idolátricas, tales como las visitas a los santuarios y tumbas, y otras "impurezas".
Se podría desglosar la doctrina wahabí en estos aspectos definitorios:
1- El cumplimiento estricto del Corán y las tradiciones proféticas. Esto significa una interpretación literal del Corán y la oposición a Tawil, que significa interpretaciones metafóricas.
2- Estricta oposición al acto de Tawassul a través de otro que no sea Alá, lo que significa pedir a Alá por algo a través de la utilización de un santo difunto u hombre piadoso como intermediario. Esta parte se refiere a su oposición a la visita de tumbas y a la fe en el "culto a los santos". Este acto es visto por los wahabíes como Shirk (politeísmo).
3- Abrazar las ideas de Ibn Tayyima, que permiten declarar no-musulman a un musulmán confeso que no sigue la ley islámica -de tal manera que el "verdadero musulmán" justifica su guerra y conquista sobre aquellos a los que se considera como no musulmanes.

La misión wahabí
Cuando Ibn Abd Al-Wahhab pactó con los gobernantes de Diriyah con la perspectiva de difundir sus herejías fácilmente a través de ellos, de buen grado cooperaron con él con la esperanza de extender sus territorios y aumentar su poder. Se esforzaron plenamente para difundir sus ideas en todas partes.
Ellos declararon la guerra contra los que rechazaron unirse al ejército de Muhammad Ibn Saud cuando se declaró que es halal saquear y matar a los no wahabíes. Muhammad Ibn Saud y Muhammad Ibn Abd Al-Wahhab llegaron a la conclusión que aquellos que no aceptarían el wahabismo serían kafirs y mushriks (politeístas) y que era halal matarlos y confiscar sus posesiones, anunciando públicamente esta declaración siete años más tarde.
Esta nefasta alianza entre la ideología wahabí y la familia Al-Saud ha perdurado por más de dos siglos y medio, sobreviviendo tanto la derrota como el colapso. Las dos familias (la de Abd-al-Wahhab y Al-Saud) se han desposado varias veces a través de generaciones y no es ninguna casualidad que en la actual Arabia Saudita el ministro de religión es siempre un miembro de la familia Al-Sheikh, descendientes de Ibn Abd-al-Wahhab.
Uno de los ataques más notables y crueles de los wahabíes ocurrió en Karbala en 1802. Allí ellos entraron en la ciudad y mataron a la mayoría de su población en los mercados y en sus hogares. Destruyeron la cúpula colocada sobre la tumba del Imam Hussein, el tercer Imam infalible en la fe chiíta, y saquearon la tumba por completo. Este acto fue y sigue siendo considerado como uno de los crímenes más atroces cometidos contra la ciudad de Karbala y la población chiíta en su conjunto. También es de destacar que este acto fue legitimado por los agresores wahabíes en que no consideraron a la población de Karbala como musulmanes en absoluto. Este crimen fue seguido por otros varios asaltos nefandos a lo largo de la región, incluyendo el ataque a Taif, en la región de Hiyaz en la Península Arábiga, donde en 1803 masacraron a toda la población masculina y esclavizaron a las mujeres y niños de la ciudad.
Al-Saud logró establecer su dominio sobre el suroeste de Siria entre 1803 y 1812 antes que fuera expulsado por las fuerzas egipcias actuando bajo el Imperio Otomano, lideradas por el bajá Ibrahim. En 1818 derrotaron a Al-Saud, arrasaron la capital Diriyah y ejecutaron el emir Al-Saud. Sin embargo, no llegaron a destruir el liderazgo político y religioso de la Casa de Saud y la ideología wahabí. Un segundo estado saudí pronto se levantó de sus cenizas (Emirato de Nejd) y duró de 1819 a 1891. Desde que fue aislado dentro de la región de Nejd, un lugar desolado carente de recursos y con escasa comunicación y transporte en el momento, los otomanos no se vieron motivados a llevar a cabo más campañas en la región, y de esta manera la ideología wahabí sobrevivió, aunque muy debilitada.
Pero todo esto cambiaría con la caída del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial cuando los administradores británicos buscarían colaboradores divisionistas en el mundo árabe, como lo habían hecho en el subcontinente indio en años anteriores. Encontraron a los colaboradores perfectos en la sectaria doctrina wahabí. Los saudíes horrorizaron y fascinaron a los británicos, al mismo tiempo que Winston Churchill escribía que los wahabíes "mantienen como una prenda del deber, así como de la fe, el matar a todos aquellos que no comparten sus opiniones y hacer esclavos a sus esposas y niños. Las mujeres han sido ejecutadas en los pueblos wahabíes por simplemente salir a la calle". (1)
Sin embargo, Churchill también expresó su admiración por Ibn Saud por su "lealtad inquebrantable" a los británicos. Un memorando del gobierno británico a partir de mediados de 1940 señalaba que "la influencia de Ibn Saud en el Oriente Medio es muy grande, y se ha utilizado consistentemente durante varios años en respaldo a nuestra política". (2)
Con el ascenso del presidente egipcio Jamal Abdul Nasser, un héroe del nacionalismo árabe, los EE.UU. también comenzaron a interesarse en la casa de Saud. El presidente estadounidense Eisenhower también estaba buscando un plan para dividir a los árabes y derrotar los planes de sus enemigos (la Unión Soviética), mediante la proyección del rey saudí como contrapeso de Nasser. Esta estrecha relación entre Estados Unidos y los saudíes tuvo un gran éxito durante la intervención soviética en Afganistán, donde los saudíes y los EE.UU. cooperaron cerradamente en armar, respaldar, entrenar y promover el yihadismo contra los "infieles" soviéticos. Esta relación es la que el profesor Tim Anderson describe como "no sólo una relación entre una potencia global y un proveedor de petróleo, sino más bien la de la gran potencia con un colaborador político principal en la región, y uno con un largo historial de sectarismo". (3)
Esta alianza se mantiene en pie hoy y en la siguiente parte de esta serie de artículos, vamos a explorar su colaboración en el conflicto sirio y el proyecto que se llama "El Estado Islámico de Irak y el Levante".


(1) Tim Anderson, “La guerra sucia en Siria”, capítulo 5, página 42.
(2) Ibid.
(3) Ibid.

EL ESTADO ISLÁMICO DE IRAK Y EL LEVANTE: UNA CAMPAÑA GENOCIDA - PARTE 1: LOS ORÍGENES DEL SECTARISMO EN EL ISLAM

por Aram Mirzaei. Traducción de Leonardo Del Grosso (@LeonardoDGrosso), en Comunidad Saker Latinoamérica


yazidíes huyendo de las masacres del "Estado Islámico"

Una plaga sobre el mundo, un grupo terrorista que odia a la humanidad. Muchas son las palabras que describen el fenómeno Daesh que se ha desatado sobre la humanidad. El grupo terrorista que supuestamente se originó fuera de Irak como resultado de la invasión liderada por Estados Unidos en 2003 se ha convertido ahora en fenómeno conocido mundialmente del que pocas personas nunca han oído hablar. Sus atrocidades son reportadas todos los días, y los principales medios de comunicación han informado varias veces sobre sus campañas genocidas de este culto a la muerte en el Medio Oriente, que van desde la limpieza étnica hasta los intentos de eliminar la cultura y la historia de la región. Los objetivos más destacados han sido los cristianos y los yazidíes de Irak.
Sin embargo, lo que los principales medios de comunicación rara vez mencionan es su campaña contra su verdadero enemigo, la comunidad chiíta de Irak y Siria. Este artículo, en una serie de tres partes, analizará y explicará la unidad motivacional que está detrás de este grupo terrorista y sus financiadores, y porqué ellos atacan a otros musulmanes a los que consideran "infieles".
La práctica de la excomunión, donde un musulmán declara a otro como "Kafir" o infiel, es llamada Takfir, una práctica que es casi tan antigua como el propio Islam. El que practica esta excomunión es llamado un Takfirí.
La primera parte de la serie de este artículo estará enfocada en la historia del concepto y donde se originó por primera vez. La segunda parte estará enfocada en las potencias imperiales europeas y su relación con los Takfiríes en el siglo 18. La última parte estará enfocada en el Takfirismo moderno y sus objetivos en la región en medio de las guerras de Siria e Irak.

Los antecedentes históricos y el concepto de Takfir
Los terroristas de Daesh son conocidos por la comunidad chiíta principalmente porque ellos consideran que toda la comunidad chiíta y todas las demás ramas del Islam son infieles que merecen la muerte. Hay un rango muy amplio de ideas a partir de las cuales se podría justificar el declarar a alguien el ser un infiel (Kafir). Algunos musulmanes consideran que esto es una prerrogativa de la revelación divina, mientras que otros consideran que esto es una prerrogativa del Estado (Califato) que representa a la comunidad musulmana en su conjunto. No hay consenso dentro de la comunidad musulmana en cuanto a lo que realmente constituye una justificación suficiente para declarar Takfir, como tal, hay conflictos entre los diferentes eruditos en torno de este tema.
Con el fin de entender realmente lo que el concepto de Takfir significa, y cómo se ha formado la comunidad islámica, necesitamos retroceder en el tiempo hasta los primeros días del Islam, y estudiar a los predecesores del grupo terrorista Daesh, un grupo conocido como los Khawarij.

Los Khawarij
Los Khawarij (los de fuera) fueron notorios Takfiríes que aparecieron en el primer siglo del Islam durante lo que hoy se conoce como la Primera Fitna, la primera guerra civil islámica causada por la falta de unidad en relación al liderazgo después de la muerte del Profeta Mahoma. La Primera Fitna, 656-661, tras el asesinato de Osman, el tercer Califa del Islam, continuó durante el califato de Alí, y fue terminada con la asunción del califato de Muawiya. Esta guerra civil es a menudo denominada como el fin de la unidad islámica, también conocida como la Ummah.
La divisiones comenzaron a aparecer cuando comenzó a crecer el desacuerdo al considerar la capital del recién establecido califato islámico. Éstas fueron el resultado de una rivalidad arraigada profundamente entre Siria, anteriormente bajo el dominio del Imperio Bizantino, e Irak, parte del Imperio Persa Sasánida. Alí estaba convencido de mover su capital a Kufa, en Irak.
Más tarde Muawiya I, el gobernador de Levante y primo de Osman, rechazó las demandas de lealtad de Alí. Alí abrió negociaciones con la esperanza de recobrar su lealtad, pero Muawiya insistió en su decisión.
Bajo su gobierno Levante se autonomizó. Muawiya comienza a movilizar sus partidarios de Levante y se niega a rendir homenaje a Alí con el pretexto de que su contingente no había participado en la elección de Alí.
Entonces Alí movió sus ejércitos hacia el norte y durante más de cien días los dos ejércitos acamparon uno frente al otro en Siffin, gastando la mayor parte del tiempo en negociaciones. Aunque Alí intercambió varias cartas con Muawiya, no fue capaz de destituirlo ni persuadirlo de que jurara lealtad.
Cuando las fuerzas de Muawiya se encontraron con las fuerzas de Alí en la batalla de Siffín en 657 D.C., las fuerzas de Muawiya estaban al borde de la derrota. Muawiya buscó dejar la disputa de lado y llamó a un arbitraje para las dos partes de acuerdo al Corán.
Los dos ejércitos finalmente acordaron resolver a través del arbitraje la cuestión de quién debía ser califa. La negativa a seguir peleando del bloque más grande (los Kufanos) en el ejército de Alí fue el factor decisivo en su aceptación del arbitraje. El ejército de Alí sufrió un motín encabezado por los Kufanos. La cuestión de si el árbitro representaría a Alí o a los Kufanos (Qurra) causó más división en el ejército de Alí. Alí presentó a su representante para el arbitraje, los amotinados, por su parte, presentaron a Abu Musa Ashaari, en contra de los deseos de Alí, mientras Muawiyah presentó a su representante, Amr Ibn Al-As. Siete meses más tarde, los dos árbitros se reunieron en Adhruh, unas 10 millas al noroeste de Maan, en Jordania, en febrero de 658. Amr Ibn Al-As convenció a Abu Musa Ashaari que ambos, Alí y Muawiyah, debían dar un paso al costado y ser elegido un nuevo califa. Alí y sus partidarios fueron sorprendidos por la decisión por la cual fueron rebajados de califa al status de los rebeldes Muawiya. Alí había sido traicionado. Manifestándose bajo el lema "el arbitraje sólo incumbe a Dios", los Qurra se habían transformado en ambos, Alí y Muawiyah.
Alí se rehusó a aceptar el veredicto que lo rebajó y que estableció que una elección debía tener lugar y se encontró técnicamente en incumplimiento de su compromiso de someterse al arbitraje. Esto puso a Alí en una posición débil, incluso entre sus propios partidarios. Los oponentes más vociferantes de Alí en su campamento eran las mismas personas que habían forzado a Alí a nombrar a su árbitro. La sensación era que Alí no podía ya asegurar sus intereses. También temiendo que si había paz, podrían se detenidos por el asesinato de Osman, los que se separaron de la fuerza de Alí.
Por lo que los Qurra entonces se hicieron conocidos como los Khawarij (los de afuera, en referencia a aquellos que se fueron del lado de Alí). Es importante tener en cuenta que los Kharawaj no estaban simplemente insatisfechos con un hombre en particular, o una familia o la economía, sino que más bien su insatisfacción era con toda la estructura social que estaba representada tanto por Osman como por Alí. Antes, ellos tenían libertad en los asuntos de la tribu. Ahora ellos estaban en la "súper-tribu" del Islam y no podían comportarse como se habían comportado anteriormente. Ellos buscaban volver a su estructura tribal antigua donde podrían vanagloriarse y presumir de su tribu. Por lo tanto, se puede argumentar que los Khawarij estaban más motivados por sus propias razones egoístas para rebelarse, más bien que por razones ideológicas.
El hecho que él era el sobrino de Mahoma sólo les confirma en su militancia de su percibido igualitarismo; que la verdadera aristocracia era una de piedad y no de sangre. Este punto de vista va fundamentalmente en contra del punto de vista chiíta de que el liderazgo viene unido a la línea de sangre del Profeta.
Con el tiempo, los Khawarij comenzaron a desarrollar puntos de vista retorcidos. Los primeros reportes hablarían de Khawarijs saliendo con sus espadas en los mercados y apuñalando gente al azar gritando "ningún juicio excepto el de Dios". En 659 las fuerzas de Alí finalmente se movieron contra los Khawarijs y se encontraron finalmente en la Batalla de Naharawan. Aunque Alí ganó la batalla, el constante conflicto había comenzado a afectar su posición.
Alí ganó una victoria pírrica, pero no pudo aplastar a este grupo. Dos años más tarde, en el 19 de Ramadán del 661, Alí fue asesinado por los Khawarij mientras oraba en la Gran Mezquita de Kufa. La leyenda cuenta que Khawarij Abd-Al-Rahmad Ibn Muljam lo atacó con una espada revestida en veneno que hirió la cabeza de Alí. Cuando Alí fue muerto, Muawiya I era uno de los que tenía el ejército más grande del imperio musulmán, por lo tanto él podría fácilmente ascender al trono y así comenzó el ascenso del Califato Omeya.
El Califato Omeya, aunque fuerte, nunca podría asumir la misma autoridad sobre su vasto territorio como pudo el primer califato. En Irán, el califato fue desafiado varias veces, lo que condujo a la forzada conversión masiva de los zoroastrianos en Irán. A medida que el imperio creció, el número de trabajadores árabes calificados fue demasiado pequeño para acompañar la rápida expansión del imperio. Por lo tanto, Muawiya permitió que muchos de los trabajadores del gobierno local en las provincias conquistadas mantuvieran sus puestos de trabajo con el nuevo gobierno de los Omeyas. Así, gran parte del trabajo del gobierno local se registró en griego, copto y persa. Esta rápida expansión también se ha argüido como una de las principales razones de la disminución del Califato Omeya.
Plagado por contínuos levantamientos Khawarij tanto en Irán como en Irak, los Khawarij sobrevivieron a la declinación del Califato Omeya y continuando los levantamientos durante el Califato Abasí, eran todavía un problema.
Khawarij se rebelaron en los distritos de Mosul en la provincia de Al-Jazira (Mesopotamia). Esta rebelión se prolongó durante treinta años a pesar de varios intentos de sofocarla. No fue hasta que el califa Al-Mutadid lanzó importantes campañas para restablecer la autoridad del Califato que la rebelión finalmente fue derrotada.
En la siguiente parte de este artículo en series, vamos a examinar la segunda ola de Takfirismo, originaria de los desiertos de la península arábiga durante el siglo 18.

miércoles, 20 de julio de 2016

"COMO EN EL '76, LAS FUERZAS REPRESIVAS VUELVEN A ESTAR AL SERVICIO DE BLAQUIER"

por Milagro Sala, desde la cárcel donde está secuestrada, como otros 10 compañeros más de la Tupac Amaru, por el gobernador cipayo Gerardo Morales


movilización frente a tribunales de Comodoro Py por libertad de Milagro

Esta semana se corroboró, y lo digo con cierta tristeza, que no me equivoqué en mi carta anterior cuando planteé que el Frente Unidos y Organizados por la Soberanía Popular era la única oposición a este gobierno nefasto que estamos sufriendo los jujeños.
Juan Manuel Esquivel, legislador de nuestro espacio, fue el único diputado provincial que acompañó a los trabajadores de Ledesma cuando sufrieron la brutal represión por parte de la policía de Morales. Como bien denunció Juan en una conferencia de prensa junto a la Mesa contra el Ajuste, como en el 76, las fuerzas represivas vuelven a estar al servicio de Blaquier. No es casual. Gerardo debe devolver los favores recibidos durante la campaña electoral.
¿Recuerdan? Me acusaban a mi de ser socia de Fellner. Y resulta que quienes fueron socios históricos fueron ellos dos que llevaron a la quiebra al Ingenio La Esperanza y ahora se lo van a entregar por dos pesos a su amigo Blaquier… con 800 trabajadores en la calle.
Por eso digo que el PJ local no es oposición. Pero hay una gran diferencia entre unos y otros. Mientras los peronistas siempre respetaron sus acuerdos con los radicales, apenas asumió Gerardo los traicionó. Y así y todo quienes deberían defender las banderas del justicialismo aprobaron las leyes de Presupuesto, de ampliación del Superior Tribunal de Justicia y la autorización para endeudar la provincia, entre otras tantas.
Por eso la feroz persecución contra nuestros compañeros se profundiza día a día. Ya somos 11 los presos políticos. Sumaron esta vez a Raul, mi compañero y secretario de prensa de la Tupac. No pueden soportar que uno siga expresando lo que por todos los medios quieren ocultar pero que es imposible tapar: que hay miles de cooperativistas sin trabajo, que dejaron 800 laburantes de La Esperanza en la calle; que mientras Morales duplicó los funcionarios de 350 a 700 con sueldos que van desde los 80 mil a los 100 mil pesos le ofrece un miserable 8% de aumento a los estatales que todavía tienen “la suerte” de tener trabajo y que profundizan las medidas de fuerza con cada vez mas alto acatamiento, por mencionar solo algunas situaciones. Que no cumplió ninguna promesa de campaña, salvo la de encarcelarme a mí, lo que demuestra también que el Poder Judicial está a su servicio. A los cooperativistas y policias a los que les prometio incrementos salariales, nada.
Y a pesar de todo lo que están haciendo, seguimos con la frente en alto, con las convicciones de siempre. A la militancia le pido que siga luchando para que no se pierdan los derechos alcanzados durante los últimos 12 años y que desde su llegada al poder Macri y Morales estan avasallando.
Y para terminar, Gerardo. Yo sigo aquí, privada ilegalmente de mi libertad pero mi solidaridad sigue intacta. Yo desde acá te seguiré marcándo los errores y enviándote humildes consejos para ayudarte a gobernar. Ojalá Dios y la Patria en algún momento te perdonen por todo el daño que estas haciendo a los jujeños.