miércoles, 10 de junio de 2015

RAPA NUI NO ES EL CULPABLE

En respuesta al malthusianismo de izquierda, porque así podrían denominarse los progresistas que sostienen que la causa de la actual crisis civilizacional es producto de demasiada población humana sobre la Tierra. El malthusianismo de izquierda es otra de las formas del pensamiento genocida. Esto es lo que se sostiene en una nota publicada hace un tiempo en Global Research.

G-7: los principales enemigos de la Humanidad

El portal Global Research es un sitio web donde hay importantes e interesantes informaciones y opiniones sobre la actual situación internacional y los verdaderos peligros que acechan a la Humanidad.
Pero aún así no faltan análisis que están elaborados desde la lógica pseudocientífica del capitalismo. Uno de los análisis más comunes en este sentido, que está bastante difundido, es el que explica que la causa del actual colapso ecológico mundial es la excesiva población humana. Que esos conceptos se viertan en sitios claramente imperialistas no es algo sorprendente, sino absolutamente normal; es parte de la propaganda de las ideas supremacistas y genocidas. Lo que es relativamente sorprendente es que se apoltronen en sitios como Global Research. Me refiero al artículo “Rapa Nui donde se vivió la agonía de la vida. ¿Es lo que le espera a nuestra biósfera terrestre?”, escrito por Jules Dufour, miembro de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas de la Unión Internacional de la Naturaleza (UICN) y Miembro del Círculo de Embajadores de la Paz Universal, de París y Ginebra. (Rapa Nui es el nombre en idioma polinesio dado a los habitantes aborígenes de la Isla de Pascua, ubicada en el centro del Pacífico. Según se sabe, esta isla es una de las más aisladas del planeta, isla que desde el siglo V fue poblada por inmigrantes de la Polinesia).
La tesis fundamental del artículo de Dufour, como ya lo sugiere el título, se centra en la cantidad de población como causa de la actual situación de desequilibrio ecológico en la Naturaleza y de eventual extinción de la Humanidad, y aún de la vida en la Tierra. El razonamiento de Jules Dufour es éste, expresado en sus propias palabras: “Los rapanuis han encontrado en esta isla comida y otros materiales para vivir de manera aparentemente próspera. Ellos fueron capaces de garantizar la renovación de estos recursos durante siglos. La rápida expansión de la población rompió este equilibrio. El aumento de la presión les llevó a la sobre-explotación de estos recursos e incluso a destruirlos. Esta fue la desaparición lenta de esta cultura única y su agonía a causa de los conflictos sangrientos”. Ahora, refiriéndose a la actual situación, Dufour asevera: “tenemos los dos ingredientes de la extinción como lo hemos observado en la Isla de Pascua: la destrucción de los recursos vivos y los conflictos armados para salvaguardar los recursos estratégicos conocidos. Sólo un gobierno mundial con poderes reales podría actuar sobre estos factores. Por desgracia, las grandes potencias trabajan para que el orden establecido se mantenga”.
Si a simple vista parece bueno que se señale a las grandes potencias como defensoras del actual funesto orden establecido; el autor no hace ninguna diferencias entre ellas (no son lo mismo las potencias occidentales -que socavan permanentemente la posibilidad de que exista ese gobierno mundial multipolar y democrático- que las potencias emergentes y re-emergentes), y la proporción de los argumentos y la secuencia que emplea para explicar los porqués de las calamidades actuales ponen a la “superpoblación” humana como la causa, o sea, como la causa verdaderamente fundamental. Por ello, expresar que este artículo es absolutamente malthusiano es una obviedad, porque si uno se la pasa argumentando de que hay demasiada población, y como resultado de esta saturación vienen las guerras, entonces el Imperialismo no existe como causa de nada y el diagnóstico es el mismo que hacen las élites plutocráticas: sobra población, y las guerras son el resultado natural de ello, como habría sucedido en Rapa Nui. (Thomas Malthus fue un clérigo británico, profesor durante los últimos 20 años de su vida en Haileybury -universidad creada por la Compañía Británica de las Indias Orientales para formar a los funcionarios imperiales-, que sostuvo que la población crece más rápido que los recursos, concepto que es uno de los principales argumentos de políticas genocidas y antipopulares).

Bandera y formación militar de la Compañía Británica
de las Indias Orientales (¿sugiere algo esa bandera?)

Desgraciadamente, esta nefasta idea está bastante difundida no sólo entre las mentes genocidas que sostienen que hay que eliminar seres humanos “sobrantes” (obvio que ninguno de ellos se imaginan como parte de los eliminables) sino también entre muchas personas con buenas intenciones, que sostienen esto aunque no propongan una "solución" exterminadora.
Cuando se sostiene que la causa de las guerras es la superpoblación, y no el Imperialismo (entendido en el más amplio sentido, no solamente en el actual sentido leninista), estamos apuntando mal, estamos haciendo mal el diagnóstico, estamos aportando a la confusión política. Si tomamos los argumentos de Dufour, hace dos mil años, cuando la población humana, por estimar una cantidad, era una centésima parte de lo que es hoy, no podríamos decir que había superpoblación y colapso ecológico, y sin embargo había guerras y había depredación de los recursos.
El colapso ecológico no se debe a la superpoblación. Indudablemente que lo deseable es que la sociedad humana pueda autolimitarse para usar de manera racional los recursos, en cualquier situación. Pero “usar racionalmente los recursos” requiere planificación, todo lo contrario de como funciona una sociedad dividida en clases, donde las clases privilegiadas no sólo no tienen los mismos límites y obligaciones que los demás seres humanos, sino que justamente esas clases dominantes son la expresión más clara del abuso, son el resultado material, en el plano sociológico, del abuso como norma, abuso en el seno de la sociedad y hacia la naturaleza. Ellos son la personalización del Mal, así como los capitalistas son las personalización del Capital, que como categoría de la economía política es impersonal pero que “vive” a través de personas concretas, de instituciones concretas, de corporaciones concretas, de protagonistas concretos.
Por otra parte, cuando un sistema es racional, hay justicia social, hay planificación, hasta la cantidad de población se puede regular (de hecho la China Socialista de Mao Tsé-Tung lo hacía), si ese fuera el caso. Pero cuando tenemos un sistema como el capitalismo, que es el imperio del derroche y la horrenda e irracional utilización de la energía, entonces no sólo no habrá límites para la población, si esa fuera la necesidad, sino que los recursos nunca alcanzarán a cubrir ese derroche ilimitado y frenético, cualquiera sea el número de habitantes. No habrá recursos que alcancen si la sociedad se halla dividida en clases, porque siempre las clases dominantes irán por más, ya que justamente la existencia de ellas, como tales, es el resultado de la injusticia social, del abuso político. Malthus culpabiliza a la población, y dentro de ella, a los pobres, que según él se reproducían mucho. Así, la organización de la que era empleado Malthus, la Compañía Británica de las Indias Orientales, no era -según el criterio de Malthus- la que cometía los abusos, ni la que depredaba los recursos, ni la que no se autolimitaba para evitar llegar a puntos críticos.
La realidad es exactamente la inversa: esas organizaciones imperialistas garantizan que se llegará, con toda seguridad, a los puntos críticos, nunca sustentables, de la “utilización” (depredación) de los recursos. Y esto es independiente de la cantidad de habitantes. ¿O no eran millones los bisontes que habitaban las llanuras y las estepas de Norteamérica antes que llegara el estúpido “hombre blanco”? En pocos años, muy pocos años, de (¿superpoblación?) acción súper-depredadora de los invasores anglosajones esa hermosa especie de ungulado casi se extingue (se extinguieron, si, exterminados, varios pueblos indígenas); se salvó prácticamente de milagro porque sobrevivieron unos pocos cientos de ejemplares, con los que se pudo recomponer en parte la especie. La triste historia del bisonte americano define cabalmente la personalidad sicopática de la “civilizada” Europa y el “civilizado” Estados Unidos. ¿Qué tienen para decir de esto los opinadores del estilo de Jules Dufour? ¿Rapa Nui?
¿O podemos decir que la energía que quemamos los 7000 millones de seres humanos es la misma para cada uno de nosotros por igual? ¿Cuánta energía se quema para satisfacer las falsas necesidades de un yanki o un europeo o un japonés o un saudí, que no consumen lo mismo, indudablemente, que un habitante del Sahel o de Haití, o de mi país, Argentina? ¿Y esas falsas necesidades, no son alimentadas, a su vez, por un enorme aparato cultural de propaganda para infiltrarlas en la sicología de los millones de consumidores siempre insatisfechos de las enfermas sociedades de Occidente?
Cualquiera sea el stándard tecnológico y cualesquiera sean los recursos, mientras la sociedad esté conducida por clases opresoras, no se respetará ningún límite. Pero si hablamos de la tecnología, los estándares tecnológicos también están determinados por quien tiene el poder. Hoy lo vemos con las tecnologías impulsadas por las corporaciones y Estados de la Trilateral Comission: fracking, organismos genéticamente modificados, motores de combustión, “medicina” de enfermedades crónicas, reactores nucleares de alta presión (¿alguien sabe qué pasó con los reactores nucleares de sales fundidas, una tecnología que tiene ya medio siglo?), etc., etc., etc...
Si cambiaran los patrones de producción y consumo sería muy diferente el impacto de esta misma cantidad de población sobre los ecosistemas. Decir que sobra gente, poniendo en un mismo lugar al pobre y al rico, al que tiene poco y nada y al que vive derrochando energía, es un acto de profunda injusticia y cinismo, de la misma manera que es una injusticia darle la misma responsabilidad en el ecocidio a los países industriales occidentales, que son los que, con su colonialismo y neocolonialismo, han depredado y siguen depredando el planeta, que a los demás países. Un pobre que sólo tiene una bicicleta para moverse y que no realiza grandes y frecuentes viajes turísticos, no presiona de la misma manera sobre los recursos naturales que un integrante de la horda de patológicos consumidores compulsivos de alto poder adquisitivo de las sociedades occidentales, que viven justamente en esa burbuja ilusoria, altamente ideologizados de supremacismo (eso sí, los “cultos” tienen buenos modales y están elegantemente vestidos, y parecen muy buenos individuos) y que, para ello y por ello, son base social para las guerras de la OTAN, híperdestructivas no sólo de países y sociedades, sino, obviamente, también del ecosistema.
El señor Jules Dufour retoma los argumentos del empleado de la colonialista Compañía Británica de las Indias Orientales, y los perfuma con la Carta de la Tierra, que tiene muy lindas palabras y es pletórica de buenas intenciones (como seguramente serán bellas las palabras que se escuchan constantemente en la Cumbre de Cambio Climático de las Naciones Unidas, y mientras tanto las naciones de Occidente siguen impunemente destrozando la Humanidad y el planeta), pero que, sin claridad política, y sin decisión y determinación política contra los ciertos y claros enemigos de la Tierra (que indudablemente no son “la cantidad de habitantes”), no son más que los intrumentos lingüísticos de la configuración de una realidad orwelliana donde los que hablan de “paz” son los que apoyan y hacen las guerras, y los que resisten al Imperialismo (aún con las armas en las manos) son “violentos”, “antidemocráticos” y -faltaba más- tal vez también insensibles con el medio ambiente.
¿Por qué no acusamos con precisión y rigor? ¿Nuestro planeta y la Humanidad no merecen que seamos incisivos y claros? Estamos en un punto crítico pero aún así ciertos intelectuales todavía se pueden dar el lujo de pensar estúpidamente. ¿No será que ese mismo consumismo, sostenido por agradables ingresos (¿puede hacerse una analogía entre ingresos y energía?), narcotiza sus cerebros?
Hablemos claro: si para las corporaciones es negocio destruir el planeta, pues entonces a hacer negocio. Eso es lo que sucede hoy con el capitalismo. Los Estados de Occidente defienden a ese modelo, a esas corporaciones. Lo hicieron siempre. ¿Y cómo lo hacen? Con intervenciones militares; pagando institutos de investigación que digan, como hace Dufour, que “somos demasiados”, que digan que el problema es la superpoblación; haciendo propaganda para inculcar mentiras; asesinando activistas; desprestigiando movimientos nacionalistas y revolucionarios; difamando naciones dignas y gallardas (¿“el eje del mal”? ¿Rusia? ¿Yemen? ¿Corea del Norte? ¿Venezuela? ¿Cuba? ¿Irán?...); sobando al conjunto de progresistas timoratos que seguramente se disgustarán con las decisiones soberanas de los que enfrentan consecuentemente a los depredadores de Occidente (me viene a la mente la indiferencia de los “ilustrados” para con la suerte corrida por el artífice, Muammar Gadafi, del país, Libia, hasta hace poco más desarrollado de África, cruelmente agredidos y destruídos por la OTAN y sus mercenarios)...
Es muy peligrosa la tesis de Malthus que, por otra parte, vivió hace 200 años. Era peligrosa en su tiempo, y lo es más hoy. Es una tesis reaccionaria, imperialista, que hay que desterrar, que cualquiera que pretenda tener buenas intenciones debe desterrar de su mente.
El problema no es que hay superpoblación. El problema es la OTAN, es el Pentágono, es el FMI, el Banco Mundial, es Estados Unidos, es Israel, es Arabia Saudita, Japón, la Unión Europea, es Monsanto, es Syngenta, es Canadá, es Gran Bretaña, es Australia, es el complejo militar industrial occidental, es la British Petroleum, es la Exxon Mobil, es el capital financiero de Wall Street, los fondos buitres, etc., etc... No Rapa Nui.
¡Pobres indígenas de la isla de Pascua! ¡Hasta los utilizan como ejemplo de fracaso para encubrir y no señalar claramente a los enemigos político-militares de la Humanidad, que son tan fáciles de identificar!
Si la Humanidad fracasa no será consecuencia de su éxito, que redundó en superpoblación, que redundó en guerras, tal el silogismo de Dufour. Si la Humanidad fracasa será porque el Poder de los codiciosos capitalistas fue superior al Poder de los patriotas y revolucionarios, y el no-poder de los indiferentes habrá sido suficientemente insignificante como para mirar aborregados como se hunde el barco donde viajan.
Y si la Humanidad logra enfrentar con éxito los tremendos desafíos que se le presentan, y no fracasa, será porque hubo suficientes Hombres, con mayúscula, que asumieron la responsabilidad de vencer al Imperialismo, al verdadero “Eje del Mal” de estos tiempos. Definitivamente, Rapa Nui no es el culpable.

por Leonardo Del Grosso

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